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ALGUNAS PISTAS PARA DESCUBRIR EL LENGUAJE DE DIOS (5 de 7)
Desde dentro…
José Brage
Dios habla actuando en nuestras propias potencias, que puede mover desde dentro: habla a nuestra inteligencia, a través de las inspiraciones; a nuestros sentimientos, a través de los afectos; a nuestra voluntad, a través de los propósitos. Por eso, como enseñaba san Josemaría, al finalizar nuestra oración podemos decir: «Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en este rato de oración».
Al considerar esta realidad, sin embargo, puede presentarse una duda: «¿Cómo sé que es él quien me habla? ¿Cómo puedo saber que esos propósitos, afectos e inspiraciones no son simples ocurrencias, deseos y sentimientos míos?». La respuesta no es fácil. Orar es un arte que se aprende con el paso del tiempo y con la ayuda de la dirección espiritual. Pero sí podemos decir que viene de Dios todo lo que nos lleva a amarle más a él y a los demás, a cumplir su voluntad, también cuando eso implica sacrificio y generosidad. Son muchas las personas habituadas a orar que pueden decir: «En mi oración pienso las mismas cosas que pienso a lo largo del día pero con una diferencia: termino siempre con un “pero no se haga mi voluntad sino la tuya” en el corazón, y eso no me pasa en los otros momentos».
Dios habla, muchas veces, directamente al corazón: conoce su lenguaje como nadie. Lo hace a través de deseos profundos que él mismo siembra. Por eso, escuchar a Dios muchas veces consiste en bucear en el propio corazón y tener la valentía de poner ante el Señor nuestros anhelos, con la intención de discernir lo que nos lleva a cumplir su voluntad y lo que no. ¿Qué deseo realmente?
¿Por qué? ¿De dónde vienen estos impulsos? ¿A dónde me conducen? ¿Estoy engañándome, fingiendo que no están ahí e ignorándolos? Ante estas preguntas, normales en quien quiere vivir una vida de oración, el Papa Francisco nos recomienda: «Para no equivocarse hay que (…) preguntarse: ¿me conozco a mí mismo, más allá de las apariencias o de mis sensaciones?, ¿conozco lo que alegra o entristece mi corazón?».
Además de hablar a nuestro corazón y a nuestra inteligencia, Dios también nos interpela por medio de nuestros sentidos internos: habla a nuestra imaginación, suscitando una escena o una imagen; y habla a nuestra memoria, trayendo un recuerdo o unas palabras que pueden ser una respuesta a nuestra oración o una indicación de sus deseos. Así le ocurrió a san Josemaría el 8 de septiembre de 1931. Estaba rezando en la iglesia del Patronato de Enfermos —como él mismo nos dice, sin muchas ganas— con la imaginación suelta, «cuando me di cuenta de que, sin querer, repetía unas palabras latinas, en las que nunca me fijé y que no tenía por qué guardar en la memoria: Aún ahora, para recordarlas, necesitaré leerlas en la cuartilla, que siempre llevo en mi bolsillo para apuntar lo que Dios quiere (…) (instintivamente, llevado de la costumbre, anoté, allí mismo en el presbiterio, la frase, sin darle importancia): dicen así las palabras de la Escritura, que encontré en mis labios: Et fui tecum in omnibus ubicumque ambulasti, firmans regnum tuum in aeternum: apliqué mi inteligencia al sentido de la frase, repitiéndola despacio. Y después, ayer tarde, hoy mismo, cuando he vuelto a leer estas palabras (pues, —repito— como si Dios tuviera empeño en ratificarme que fueron suyas, no las recuerdo de una vez a otra) he comprendido bien que Cristo−Jesús me dio a entender, para consuelo nuestro, que “la Obra de Dios estará con Él en todas las partes, afirmando el reinado de Jesucristo para siempre”».
Para hablarnos, pues, Dios puede servirse de las notas que tomamos en un curso de retiro, durante una lectura, o en un medio de formación, especialmente cuando las releemos en la oración, tratando de captar su sentido. Allí quizás podremos descubrir un hilo conductor o repeticiones que nos den una pista de lo que el Señor quiere decirnos.