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HACER DEL MUNDO UN HOGAR (2 de 3)
La emoción del samaritano
Gaspar Brahm
Imaginamos al forastero contando sus vivencias del día embargado por la emoción, pero con toda sencillez. Mientras el viento golpea ligeramente las débiles paredes del hostal, acepta el brebaje caliente que le ha ofrecido el posadero para reponer fuerzas. Las necesita, porque desde que había visto al herido tendido sin fuerzas en la vera del camino hacia Jericó no ha parado. No podía negar que, cuando lo vio, «se llenó de compasión» (Lc 10,33) y que sintió como «un rayo de compasión que le llegó al alma».
Había decidido entonces detenerse sin importarle demasiado sus negocios pendientes. Convirtió el alimento de su viaje, un poco de aceite y de vino, en el ungüento con el que curó las heridas aún sangrantes. Después, con un jirón de su manto, improvisó un vendaje y montó al desdichado sobre su cabalgadura. De las palabras entrecortadas del herido le había parecido entender que, poco antes de su llegada, un sacerdote que «bajaba por el mismo camino, lo vio, dio un rodeo y pasó de largo» (Lc 10,31), y que igual hizo un levita. Cuando el samaritano acaba el relato se percata de la cara de admiración de su anfitrión. Pero los dos se dan cuenta de que se ha hecho tarde. Se desean un feliz descanso y se dirigen a sus respectivas habitaciones.