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10 enero 2027

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO. Acoger el don de Dios

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (2 de 7)
Acoger el don de Dios
Juan Francisco Pozo - Rodolfo Valdés

El apóstol crece al ritmo de la oración. «La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez». Por eso, es fundamental desarrollar «un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás».

Los Evangelios nos presentan a distintos personajes cuya vida cambió al encontrar a Cristo. Se convirtieron en portadores de su mensaje de salvación. Uno de ellos es la mujer samaritana que, como relata san Juan, fue simplemente a buscar agua al pozo junto al que Jesús estaba sentado, descansando. Es Él quien comienza el diálogo: «Dame de beber» (Jn 4,10). A primera vista, la samaritana no se muestra muy dispuesta a continuar la conversación: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Jn 4,9). Pero el Señor le hace ver que, en realidad, Él es esa agua que ella busca: «Si conocieras el don de Dios… (…), el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,10.14).

Una vez traspasado el corazón de la samaritana, le revela con claridad y sencillez que conoce su pasado, pero lo hace con tal amor que ella no se siente desanimada ni rechazada. Todo lo contrario: Jesús la invita a participar de un universo nuevo, le hace entrar en un mundo que vive con esperanza, pues ha llegado el momento de la reconciliación, el momento en que se abren las puertas de la oración para todos los hombres: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. (…) Llega la hora, y es esta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,21.23).

En el diálogo con Jesús, la samaritana descubre la verdad sobre Dios y sobre su propia vida. Acoge el don de Dios y se convierte radicalmente. Por eso, la Iglesia ha visto en este pasaje evangélico una de las imágenes más sugerentes sobre la oración: «Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él». Así pues, la oración es una manifestación de la iniciativa de Dios, que sale en búsqueda del hombre y espera su respuesta para transformarlo en su amigo. En ocasiones, puede parecer que somos nosotros quienes tomamos la iniciativa de dedicar un tiempo a Dios, pero, en realidad, esto es ya una respuesta a su llamada. La oración se vive como un llamamiento recíproco: Dios me busca y me espera, y yo necesito de Dios y le busco.