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8 septiembre 2027

LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA

LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA (1 de 4)
Andrés Cárdenas Matute

Si tratamos de pensar cuál es actualmente, desde el punto de vista político y económico, la tercera ciudad más importante del mundo… podemos entender lo que durante los primeros siglos fue Antioquía, entonces capital de una provincia romana. Sabemos que allí se acuñó el término «cristianos» (cfr. Hch 11,26) para designar a los seguidores de Jesús. Su tercer obispo fue san Ignacio, que, condenado a muerte durante el gobierno de Trajano, fue llevado por tierra hasta la costa de Seleucia —actual zona sur de Turquía— y después trasladado por mar hasta llegar a Roma. En el trayecto, la expedición se detuvo en varios puertos. En cada lugar Ignacio recibía a cristianos de la zona y aprovechaba para enviar cartas a las comunidades de seguidores de Jesús: «Escribo a todas las iglesias, y hago saber a todos que de mi propio libre albedrío muero por Dios». Este santo obispo sabía bien que las fieras del anfiteatro Flavio —el actual Coliseo romano— pondrían fin a su vida aquí en la tierra, por lo que pidió incesantemente oraciones para afrontar la muerte con valentía. Pero varias veces, en sus cartas, somos también testigos de las profundidades de su alma, de su deseo por unirse definitivamente a Dios: «No hay fuego de anhelo material en mí, sino solo agua viva que habla dentro de mí, diciéndome: Ven al Padre».