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27 septiembre 2027

LA FELICIDAD QUE NADA PUEDE QUITAR. Preparación para lo eterno

LA FELICIDAD QUE NADA PUEDE QUITAR (2 de 3)
Preparación para lo eterno
Julio Diéguez

El Señor conoce bien la novedad de lo que está diciendo. Sabe que sus declaraciones van a remover hondamente los fundamentos de quienes le siguen e incluso escandalizarán a algunos. Pero quiere hacerles –y hacernos– pensar. «Yo quiero entender lo que dice el Evangelio. Y me parece que, a menudo, en lugar de largas reflexiones, sería mejor decir (…): este Evangelio no nos gusta, somos contrarios a lo que dice el Señor. ¿Pero qué quiere decir? Si yo digo sinceramente que a primera vista no estoy de acuerdo, ya he puesto atención: se ve que yo quisiera, como hombre de hoy, entender lo que dice el Señor. Así podemos entrar de lleno en el núcleo de la Palabra». Si deseamos profundizar en lo que el Señor nos quiere decir, hemos de permitir que su mensaje cuestione nuestra vida y nos sorprenda.

Jesús ve las caras de asombro, oye los murmullos de quienes se preguntan si lo que acaban de oír puede ser verdad… Ciertamente, sus palabras suenan muy bonitas, pero quizá parecen excesivamente idealistas. ¿Cómo pueden ser deseables la pobreza, la calumnia o la persecución? Lo que está diciendo no va conmigo, es más bien para personas especiales, no para mí. Es una simple declaración de ideales nobles, pero con poca aplicación práctica. El Señor experimenta una vez más nuestra resistencia a elevar la mirada y a recibir lo grandioso, la tendencia a reducir todo a lo meramente práctico y controlable.

Las bienaventuranzas pueden iluminar la vida de todo cristiano, porque son un reflejo del caminar terreno del Señor. Él desea vivir en nosotros, inspirar todas nuestras acciones, quiere que seamos «otro Cristo». Para entenderlo y aceptarlo necesitamos fiarnos de Jesucristo.

Naturalmente, lo que está diciendo el Señor es toda una novedad. Quienes le escuchan advierten que él no es como los fariseos, que se limitan a dictar lo que está permitido o prohibido en día de sábado o en otras circunstancias. Lo que están oyendo es todo un programa sobre una vida nueva, sobre la felicidad; un programa sorprendente, que parece contradecir toda idea previa sobre aquello que nos la puede proporcionar.

Quizá, meditando más tarde sobre esto, los apóstoles y otros de los discípulos del Señor se fueron dando cuenta de que las palabras de Jesús desvelaban una idea de felicidad más profunda de la que ellos tenían hasta entonces. Con sus afirmaciones paradójicas, Jesús les proponía una felicidad contra la que nada pueden la pobreza, la injusticia, la persecución… Una felicidad que no depende del poder, de los placeres o de los honores. ¿Quién no desearía una felicidad así?

Nosotros, como ellos, tenemos la experiencia de que algunas de estas cosas –carencias, dolores, calumnias, injusticias– nos hacen sentirnos mal, incluso quizá tienden a quitarnos las ganas de ser buenos; y otras –mansedumbre, paz, misericordia, limpieza de corazón–, aunque resulten atractivas, puede requerir un esfuerzo notable que nos asusta. Pero no se nos escapa que el poder, el dominio sobre los demás, los placeres, las riquezas o los honores aportan una complacencia muy pasajera y siempre insuficiente: si confundiéramos la felicidad con la satisfacción inmediata que aportan, acabaríamos encontrándonos más bien vacíos, incluso aunque alcanzásemos nuestros objetivos.

«La alegría no es la emoción de un momento: ¡es otra cosa! La verdadera alegría no viene de las cosas, de tener, ¡no! Nace del encuentro, de la relación con los demás, nace del sentirse aceptados, comprendidos, amados y del aceptar, del comprender y del amar».