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22 septiembre 2027

LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA. Los ojos de un alma que piensa en la eternidad

LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA (3 de 4)
Los ojos de un alma que piensa en la eternidad
Andrés Cárdenas Matute

En determinado momento de la homilía Hacia la santidad, pronunciada a finales de 1967, san Josemaría describe brevemente el itinerario de una vida de oración. Se comienza a rezar, nos dice, con oraciones sencillas, breves, probablemente aprendidas de memoria en nuestra niñez; más adelante se abre paso la amistad con Jesús: aprendemos a meternos en su pasión, muerte, resurrección y queremos hacer propia su doctrina; después el corazón necesita distinguir y relacionarse con las tres personas divinas, hasta que eso poco a poco llena las horas del día. Es entonces cuando se llega a la vida contemplativa: nos movemos entonces «en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna. Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira!».

«Se mira», sin más. ¿En qué sentido la oración llega a ser una mirada en lugar de estar compuesta de palabras? Con la oración esperamos llegar a ver las cosas, aquí y ahora, tal como las ve Dios; a captar lo que sucede a nuestro alrededor con una simple intuición que procede del amor. Este es su fruto más grande y por eso decimos que nos transforma. La oración no nos ayuda solamente a cambiar ciertas actitudes o a superar ciertos defectos: se dirige, sobre todo, a unirnos con Dios, conformando así poco a poco nuestra mirada con la mirada divina, ya aquí en la tierra. En cierta manera, buscamos curar nuestros ojos con su luz. Y esta relación de amor con Dios —que aprendemos y realizamos en Jesús— no es algo simplemente que hacemos, sino que cambia lo que somos.

Esta transformación personal trae consecuencias en nuestra manera de interactuar con la realidad, que incluso pueden ser muy prácticas. Desarrollar en nosotros, junto a Dios, esa mirada sobrenatural, nos lleva, por ejemplo, a desentrañar el bien que hay detrás de todo lo creado, incluso en donde podríamos pensar que está ausente, porque nada se escapa de su plan amoroso, que siempre es más fuerte. Esa mirada nos lleva a valorar de una manera nueva la libertad de los demás, a desprendernos de la tentación de decidir por ellos, como si el destino del todo dependiera de nuestras acciones. También comprendemos mejor que el obrar divino tiene sus procesos y sus tiempos, que tampoco debemos ni podemos controlar. La oración contemplativa nos lleva a no obsesionarnos con querer solucionar problemas de manera inmediata, sino a disponernos mejor para descubrir la luz en todo lo que nos rodea, también en las heridas y debilidades de nuestro mundo. Procurar ver con los ojos de Dios nos libera de una relación violenta con la realidad y con las personas, ya que buscamos entrar en sintonía con su amor omnipotente, en lugar de obstaculizarlo con nuestras torpes intervenciones. Santo Tomás de Aquino afirma que la «contemplación será perfecta en la vida futura, cuando veamos a Dios “cara a cara” (1 Co 13,12), haciéndonos perfectamente felices»; el poder de la oración está en que podemos participar de esa visión de Dios ya aquí en la tierra, aunque siempre sea «como a través de un espejo» (1 Co 13,12).

En 1972, en una reunión en Portugal, alguien preguntó a san Josemaría cómo sobrellevar cristianamente los problemas cotidianos. Entre otras cosas, el fundador del Opus Dei señaló que la vida de oración ayuda a mirar las cosas de manera distinta a como lo haríamos sin aquella unión íntima con Dios: «Tenemos un criterio de otro estilo; vemos las cosas con los ojos de un alma que está pensando en la eternidad y en el amor de Dios, también eterno». En otras circunstancias, también había dicho que la manera de ser felices en el cielo tiene mucho que ver con la manera de ser felices en la tierra. Un teólogo bizantino del siglo XIV había escrito algo similar: «No solo se nos concede disponernos y prepararnos para la Vida; se nos permite vivirla y obrar desde ahora conforme a ella».