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20 septiembre 2027

LA FELICIDAD QUE NADA PUEDE QUITAR. El sermón de la montaña

LA FELICIDAD QUE NADA PUEDE QUITAR (1 de 3)
El sermón de la montaña
Julio Diéguez

A todos nos suele gustar que las películas tengan un final feliz. Sin embargo, a veces esa conclusión no es la que se podía intuir al principio del film. Quizá el protagonista comenzó aspirando a cierto tipo de éxito: el trabajo de sus sueños, fama, una casa lujosa… Pero conforme avanza la historia, descubre que hay cosas más relevantes en la vida que le llevan a una felicidad más profunda de la que hasta entonces podía sospechar.

Dios no solo tiene previsto para nosotros un final feliz: quiere que además seamos felices durante todo el camino. El Señor desea que con su gracia escojamos un estilo de vida que se centre en lo verdaderamente importante: la presencia de Cristo en cada uno de nosotros. Esto es lo que Jesús nos invitó a valorar en el sermón de la montaña (cfr. Mt 5,1-12).

Unos espectadores boquiabiertos

Jesús se sentó en la ladera de un monte, donde lo podían ver y oír mejor todos los que le seguían. Se había corrido la voz de que un hombre joven removía los corazones y muchos no quisieron perder la ocasión de escucharle. Algunos tuvieron la suerte de situarse a pocos metros de él. Otros, en cambio, se tuvieron que conformar con verle más de lejos. Todos se mantenían expectantes por oír las primeras palabras del Maestro. «¿No os conmueve contemplar a Jesús, rodeado siempre por las gentes, que se precipitaban para tocar sus vestidos, que le seguían oprimiéndole sin cesar, hasta el punto de no dejarle ni siquiera tiempo de comer?».

Consciente de toda esa atención, el Señor comenzó a decir:

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra» (Mt 5,3-5). Y así continuó, refiriéndose a los que tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los perseguidos…

La cara de sorpresa de todos los presentes debió de ser notable. Acostumbrados a entender la prosperidad humana como signo del amor de Dios, se quedan perplejos ante la afirmación de que quien sufre la pobreza o la injusticia debe ser considerado bienaventurado. Los esquemas con los que juzgaban lo que sucedía en sus propias vidas quedan rotos, y en cambio la propuesta del Señor les abre un panorama que no hubieran podido imaginar y que todavía no alcanzan a comprender.

Pero… ¿son los contemporáneos de Jesús los únicos que ven alterados sus criterios de valoración de lo que debería ser deseable? Quizá nos parece que nosotros no identificamos la prosperidad con el favor de Dios, pero algo de esa mentalidad pervive todavía. Cuando algo nos va mal podemos pensar que el Señor nos ha abandonado, o que nos ha castigado. Otras veces tal vez nos sentimos amados por Dios porque las cosas nos van bien. Al leer las bienaventuranzas, podemos hacer nuestra la sorpresa de los oyentes y quedarnos boquiabiertos ante lo que Jesús nos propone. «Detrás de los grandes interrogantes, Dios quiere abrirnos un panorama de grandeza y de belleza, que se oculta quizás a nuestros ojos. Es necesario confiar en él y dar un paso hacia su encuentro, y quitarnos el miedo de pensar que, si lo hacemos, perderemos muchas cosas buenas de la vida. La capacidad que tiene de sorprendernos es mucho mayor que cualquiera de nuestras expectativas».