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AGRADAR A DIOS
Reaprender el amor
Diego Zalbidea
Aquellos últimos días, Jesús había pasado mucho tiempo entre quienes, a ojos de la sociedad, parecían estar más lejos de Dios. San Lucas nos cuenta que «todos los publicanos y pecadores» (Lc 15,1) se acercaban a escuchar sus enseñanzas. Ante este movimiento de gente, quienes presumían de custodiar la ley mosaica empezaban a murmurar entre sí. El maestro decidió entonces narrar tres parábolas para purificar la imagen de Dios que ellos tenían, distorsionada muchas veces por una mentalidad legalista que pierde de vista el amor divino. El tercero de estos relatos es la historia de un padre y sus dos hijos (cfr. Lc 15,11−32): el menor, que pide la herencia para malgastarla lejos de su casa, y el mayor, que permanece en el hogar, pero sin sintonizar verdaderamente con el corazón de su padre.
El olvido de ambos hijos
La primera parte de la historia de estos dos hermanos es la de una larga distracción: uno y otro vivían sin ser conscientes de la gratuidad con la que su padre los amaba. El pequeño soñaba con lugares en donde suponía que iba a ser más feliz. A este la dispersión le llegó por la cabeza —tal vez menos amueblada— y por la imaginación —quizá más viva—, hasta convencerse de que podía comprar el amor: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde» (Lc 15,12). El mayor, por su parte, había adormecido su corazón porque aparentemente cumplía bien sus responsabilidades. Estaba satisfecho; no daba disgustos a su padre. Sin embargo, por alguna rendija se había colado el frío en su alma. Quizá se había ido enredando en planes que, aunque parecían no alejarlo, de hecho mantenían al margen a quien tanto le quería. Al final, aunque fuera de modo casi inconsciente, ni él ni su hermano concebían que fuera posible alcanzar una auténtica felicidad estando en familia. Mientras el pequeño la buscaba lejos, el mayor la añoraba en fiestas con sus amigos. Ninguno de los dos imaginaba que podía alcanzar una vida plena junto a su padre.
San Juan Pablo II decía que todos tenemos dentro de nosotros, a la vez, algo de ambos hermanos. Al mismo tiempo, quizá no sea casualidad que Jesús haya querido explicitar la edad de ambos. Puede que el Señor eligiera al mayor para ilustrar actitudes más frecuentes entre personas que llevan mucho tiempo buscando y tratando a Dios. Este hermano, ciertamente, había logrado cumplir con perfección sus tareas. Su padre, creía él, no podía reprocharle casi nada, así que estaba tranquilo: no debía nada a nadie. Sin embargo, no era realmente feliz. El joven, por su parte, idealista y apasionado, puede representar actitudes más comunes en etapas iniciales de la vida. Tal vez era más vulnerable al atractivo de una libertad dirigida hacia bienes que finalmente no sacian. Huir, escapar y divertirse, puede ser atractivo. Pero no se puede rechazar indefinidamente la propia identidad: tarde o temprano aparecen carencias que solo Dios es capaz de colmar. Él tampoco era feliz.
Ambos hermanos estaban incómodos en la vida. Era difícil que creciera en ellos el amor, que la ternura echara raíces, que alcanzaran a ver lo mucho que su padre contaba con ellos. Sus sueños estaban desenfocados. Quizá no les cegaba el egoísmo, pero es posible que hubieran cedido a una tentación sutil: preocuparse solo de lo que tenían entre manos, olvidando el amor de quien les había dado todo. Tal vez sin darse cuenta, habían puesto un dique a ese cariño. Mientras el joven imaginaba lo que podría hacer lejos de su hogar, el mayor contabilizaba lo que ya había atesorado. Ambos pensaban que tenían un botín, pero en realidad lo estaban guardando en sacos rotos. El mayor aguantaba, a la espera de premios que creía merecer, mientras el pequeño no había querido ni siquiera esperar. Al final los dos exigían, de un modo u otro, lo mismo: su recompensa.