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LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA (2 de 4)
Una planta con la raíz en el cielo
Andrés Cárdenas Matute
Aquel murmullo interior —¡Ven al Padre!—, que movía la vida de piedad y la vida sacramental de san Ignacio de Antioquía, es en realidad una maduración sobrenatural del deseo innato que tenemos todos por unirnos a Dios. Ya los filósofos griegos de la Antigüedad habían identificado en lo más íntimo de nuestro ser una nostalgia por lo divino, una añoranza por nuestra patria verdadera, «como si fuéramos una planta no terrestre, sino celeste». Benedicto XVI, en la primera de sus catequesis sobre la oración, también miraba hacia atrás, al Antiguo Egipto, a Mesopotamia, a los filósofos y dramaturgos griegos o a los escritores romanos, porque todas las culturas han sido un testimonio del deseo de Dios: «El hombre digital, al igual que el de las cavernas, busca en la experiencia religiosa los caminos para superar su finitud y para asegurar su precaria aventura terrena (…). El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto».
Se suele decir que uno de los problemas más comunes de esta «precaria aventura terrena» de nuestra época es la fragmentación interior, producida a veces de manera inconsciente: experimentamos oposiciones entre lo que queremos y lo que hacemos, vemos aspectos en nosotros que no se unen armónicamente, no logramos construir la narración de nuestra vida como un hilo continuo con nuestro pasado y nuestro futuro, no vemos cómo pueden encajar tantas ideas que hemos ido adquiriendo o los sentimientos que experimentamos... Aquí y allá quizá multiplicamos versiones de nosotros mismos. A veces ni siquiera conseguimos dedicar nuestra atención de manera exclusiva a una sola tarea. En todos estos ámbitos ansiamos esa unidad que, al parecer, no podemos fabricar, como hacemos en cambio con tantas otras cosas.
«¿No es acaso un signo de los tiempos el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar?», se preguntaba san Juan Pablo II al inicio de nuestro milenio. Vemos, ciertamente, que surgen muchas iniciativas, presenciales y a través de internet, dirigidas a valorar nuestra capacidad de silencio exterior e interior, de escucha, de concentración, de armonía entre nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Todo esto puede traernos, como es lógico, cierto sosiego natural. Pero la oración cristiana nos ofrece una tranquilidad que no es solamente un equilibrio transitorio, sino que es fruto de una percepción unitaria de la vida que surge de la relación íntima con Dios. La oración cristiana, al ser un don, desarrolla en nosotros una nueva visión de la realidad que lo une todo en él. «Es una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas; un modo de estar junto a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras». Como es lógico, esta actitud interior, este modo de estar junto al Señor, no surge de la noche a la mañana, ni llega sin disponernos adecuadamente para que Dios nos la pueda otorgar: es don, pero también tarea.