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13 septiembre 2027

CONFIAR EN LA PALABRA QUE SALVA. Una aventura divina

CONFIAR EN LA PALABRA QUE SALVA (4 de 4)
Una aventura divina
Gaspar Brahm

Sin pensarlo, «Pedro se arrojó a los pies de Jesús» (Lc 5,8). En un instante se le habían pasado por la cabeza tantos momentos de su vida que hasta entonces eran como las piezas de un puzle, que parecen no encajar pero que, de pronto, cuajan en perfecta armonía, consiguiendo formar un dibujo que supera con creces cualquier imaginación. Y haciendo acopio de la poca fuerza que le quedaba después de un día tan extraño, exclamó lleno de admiración:

«Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador» (Lc 5,8). No sabía con certeza quién era aquel hombre, pero sus palabras y su poder sobre las aguas solo podían proceder de Dios. Daría lo que fuera por seguirle porque su presencia le había cambiado la vida.

Con cuánto amor miraría entonces Jesús al futuro apóstol arrojado a sus pies. Sabía que postrado en tierra se encontraba uno de los que serían fundamento de la Iglesia, el futuro custodio de las llaves del Reino de los Cielos. Es precisamente esa humildad de Pedro la que le convierte en una barca dócil, en la que su mensaje de redención podría navegar en todas las direcciones de este mundo. Ninguna tormenta lo detendría. Pero quizá también era consciente de que sus palabras iban más allá de lo que después era capaz de realizar. Sabemos de hecho que Pedro negaría a Jesús en el momento más duro de su vida, aunque volvería compungido, como cada madrugada tornaba a su casa después de una ardua noche de trabajo. Por esto Jesús le dice: «No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás» (Lc 5,10). «Si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces, y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad»
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«Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron» (Lc 5,11). Aquellos que pensaban que su querido mar de Galilea no podía ser superado en belleza ni en extensión, de pronto habían divisado un océano infinito que podrían navegar durante toda la eternidad; aquellos que temían que su ancla no fuera lo suficientemente fuerte para aguantar las recias marejadas del lago ni las olas de las tormentas, por fin habían encontrado un ancla que podía sostener toda su vida. ¿Y no era más importante luchar por el alimento que no perece antes que satisfacer las necesidades terrenales? Ni Pedro ni sus compañeros podían ya imaginarse una vida sin la palabra de Cristo, sin su cercanía. Ni siquiera les hizo falta conversar sobre la decisión. «Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron» (Lc 5,11). Fue así como comenzó para ellos una aventura divina.

«¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6,67).

Podemos imaginar que de pronto Pedro vuelve de su navegación por el pasado. No sabe cuánto tiempo ha permanecido absorto en sus recuerdos, pero percibe que los demás apóstoles se encuentran desconcertados, inseguros. Nadie se atreve a dar una respuesta. Todos tienen puesta su mirada fija en él. En otro momento de su vida le había dicho a Jesús: «Apártate de mí» (Lc 5,8). De algún modo, esas palabras quizá lo habían pillado desprevenido y le habían mostrado en un solo golpe toda su pequeñez. Pero tantos meses de asidua convivencia con el Maestro le han enseñado que es precisamente su miseria la que puede ser transformada en una barca divina. No necesita ser perfecto para sentirse amado por el Señor. Bastaba confiar en su palabra, también cuando parece más oscura y desconcertante. Y, mientras abre su corazón a la mirada de Jesús, exclama con una convicción que hasta el día de hoy sostiene los vaivenes de la Iglesia: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68).