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1 septiembre 2027

ORANDO CON TODA LA IGLESIA. «He vivido el Evangelio»

ORANDO CON TODA LA IGLESIA (5 de 5)
«He vivido el Evangelio»
Juan Rego

No es extraño que uno de los términos más usados en la Escritura y en la Tradición para referirse a las acciones litúrgicas sea el de servicio. Descubrir esta dimensión de servicio en la oración litúrgica tiene muchas consecuencias para la vida interior. No solo porque quien sirve por amor no se pone a sí mismo en el centro, sino también porque ver la liturgia como servicio es clave para poder transformarla en vida. Aunque parezca paradójico, en numerosas oraciones encontramos en los textos litúrgicos la exhortación a imitar en la vida ordinaria lo que hemos celebrado. Esta invitación no significa que debamos extender el lenguaje litúrgico a nuestras relaciones familiares y profesionales. Significa, en cambio, convertir en un programa de vida aquello que el rito nos ha permitido contemplar y vivir. Por eso, en más de una ocasión, al contemplar la acción de Dios en su jornada, san Josemaría exclamaba:

«Verdaderamente, «he vivido el Evangelio del día».

Para vivir la liturgia del día y así transformar nuestra jornada en servicio, en una Misa de veinticuatro horas, es necesario contemplar nuestras circunstancias personales a la luz de lo que hemos celebrado. En esta tarea, la meditación personal es insustituible. San Josemaría solía tomar notas de aquellas palabras o expresiones que lo golpeaban durante la celebración de la Misa o en el rezo de la Liturgia de las Horas, hasta el punto de que un día escribió: «Ya no anotaré ningún salmo, porque habría que anotarlos todos, ya que en todos no hay más que maravillas, que el alma ve cuando Dios es servido». Es verdad que la oración litúrgica es fuente de oración personal, pero es igualmente cierto que sin la meditación es muy difícil asimilar personalmente la riqueza de la oración litúrgica.

En el silencio del tú a tú con Dios es donde, de ordinario, las fórmulas de la oración litúrgica adquieren una fuerza íntima y personal. En este sentido, es iluminante el ejemplo de María: ella nos enseña que, para poner por obra el fiat —hágase— de la liturgia, para transformarlo en servicio, es necesario dedicar tiempo a conservar personalmente «todas estas cosas en el corazón» (Lc 2,19).