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COMIENZA LA CUENTA ATRÁS (3 de 4)
Recibir el buen vino
Luis Miguel Bravo Álvarez
María comprendió el significado de las palabras de Jesús. Sin embargo, su corazón materno no está dispuesto a permanecer indiferente ante la urgencia de sus amigos. No podía esperar a que fueran los discípulos quienes actuaran de mediadores. Ellos llevaban poco tiempo con el Maestro, y probablemente no entenderían cómo Jesús podría resolver ese problema, pues todavía no había hecho ningún prodigio. María, en cambio, sabía de lo que era capaz. Por eso fue directamente a los sirvientes encargados de servir el vino y comentó: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5)
Estas son las últimas palabras que el Evangelio recoge de la Virgen María. De algún modo es como si se tratara de la herencia que deja a sus hijos, porque fue lo que resumió su vida entera: cumplir la voluntad divina. Era lo que ella había realizado siempre y lo que le había hecho profundamente feliz, sobre todo desde el anuncio del ángel. En Caná tomó una decisión, pero no pretendió imponer al Señor lo que tenía que hacer, pues al mismo tiempo sabía cuál era su papel. «María lo deja todo al juicio de Dios. En Nazaret, entregó su voluntad, sumergiéndola en la de Dios: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Esta sigue siendo su actitud fundamental. Así nos enseña a rezar: no querer afirmar ante Dios nuestra voluntad y nuestros deseos, por muy importantes o razonables que nos parezcan, sino presentárselos a él y dejar que él decida lo que quiera hacer».
Los sirvientes se pusieron a disposición de Jesús. Y él, señalando las vasijas de piedra preparadas para las purificaciones, les dijo: «Llenad de agua las tinajas» (Jn 2,7). Probablemente los sirvientes no le vieron mucho sentido a las palabras del Señor. Si lo que faltaba era vino, no tenía mucha lógica llenar aquellos recipientes con agua. Además, dada la capacidad de cada tinaja –unos cincuenta litros–, la operación se antojaba más bien complicada. Un dilema parecido se presenta en cada hombre cuando experimenta que le falta algo. El corazón reclama un vino que sacie sus anhelos más profundos, y la propuesta de Cristo de llenarlo con su amor puede resultar costoso o, incluso, aparentemente insatisfactorio. Lo que quiero es vino, no agua. Si eso es lo que me ofreces, buscaré en otro lugar.
Sin embargo, los criados quizá recordaron lo que les había dicho María: «Haced lo que él os diga». Y, acaso por la confianza que le tenían a ella, se dispusieron a llenar las tinajas hasta el borde. Cuando acabaron, Jesús señaló: «Sacadlo ahora y llevadlo al maestresala». Y cuando él «probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía –aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían–, llamó al esposo y le dijo: “Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has reservado el vino bueno hasta ahora”» (Jn 2,8-10).
Dios, normalmente, suele dejar el vino bueno para después. Las personas, por lo general, actuamos al contrario: empezamos con ilusión cualquier proyecto, dando lo mejor de nosotros mismos, pero al final, cuando asoma el cansancio y quizá la impaciencia, ofrecemos lo menos bueno. Esta dinámica también se refleja incluso en el pecado. Primero presenta un vino en apariencia bueno –éxito, riqueza, placer–. Y solo después, cuando se ha bebido, el corazón sufre sus consecuencias: se da cuenta de que no valía la pena. El vino de Dios, en cambio, puede parecer costoso, pues implica esforzarse por llenar la propia vida solo con el agua del amor divino, rechazando otras posibles bebidas más fáciles. Pero así es cómo el Señor nos tiene reservado un vino como ningún otro haya existido. El agua convertida en vino también puede evocar que el camino habitual donde encontraremos ese amor es el agua de la vida ordinaria, no el licor de grandes hechos extraordinarios. El corazón disfruta entonces de la alegría de la victoria, aprende a no conformarse con cualquier vino y comprende la sabiduría de aquellas palabras de María: «Haced lo que él os diga».