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5 agosto 2027

AGRADAR A DIOS. Amar con la misma moneda

AGRADAR A DIOS
Amar con la misma moneda
Diego Zalbidea

«Dios llega gratis. Su amor no es negociable: no hemos hecho nada para merecerlo y nunca podremos recompensarlo». Él quiere ser nuestro amigo. Así se lo confió a sus apóstoles en el Cenáculo (cfr. Jn 15,15), «y en ellos nos lo ha dicho a todos. Dios nos quiere no solo como criaturas, sino como hijos a los que, en Cristo, ofrece verdadera amistad». Sin embargo, cuando palpamos nuestra fragilidad tendemos a pensar que Dios reacciona como lo haríamos nosotros. Cuando no nos salen las cosas o cuando nos parece que no estamos a la altura de su amor, lo imaginamos defraudado, decepcionado o entristecido. San Pedro Crisólogo nos previene ante este error tan común: «Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios?». Es así: no nos cabe en la cabeza que nuestra vida, surcada de miserias y tropiezos, pueda agradar a Dios; y, menos todavía, que pueda «encantarle» o «chiflarle».

Pero, de hecho, ¿cómo puede ser que Dios se entusiasme de ese modo con nuestros minúsculos detalles de cariño o incluso con nuestras limitaciones? ¿Cómo es posible que la distancia infinita entre el amor de Dios y nuestra pobre correspondencia se esfume?

«Si quieres saber cómo se realizan estas cosas —escribe san Buenaventura— pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración». Está claro que no tenemos dinero suficiente para comprar su amor. Dios nos ama porque le da la gana, que es la razón más divina. Por eso, no nos obliga a corresponderle de una manera precisa. Al mismo tiempo, se entusiasma si le pagamos con su moneda, con el amor gratuito de quien se deja amar, de quien permite al otro estar chiflado. Esto sucede cuando comprendemos que el cariño divino no está a la venta y, por eso, esperamos únicamente en la lotería de su bondad incondicional. Entonces el alma responde con lo poco que atesora, pero con una gran diferencia: lo hace porque le da la gana, igual que Dios. Y lo disfruta igual que él.