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CONFIAR EN LA PALABRA QUE SALVA (2 de 4)
Un púlpito improvisado
Gaspar Brahm
Por fin brillaba el sol, que venía a sellar con su luz una jornada de fracaso. Habían pasado toda la noche trabajando, pero en vano. Ahora solo les quedaba el cansancio del cuerpo y la preocupación cada vez más acuciante por el sustento de sus familias. Ni siquiera la belleza natural del lago, que cada día se presentaba ante sus ojos con un nuevo color, podía consolarlos.
Pedro se puso a lavar sus redes, mientras por su corazón viajarían muchos recuerdos y preocupaciones. No sería la primera vez que volvería a su casa con las manos vacías. ¿Cómo podría ingeniárselas para ganar un mínimo de dinero esa semana? ¿Qué podría ofrecerle a los compradores de la feria de Cafarnaún? Tan absorto estaba en sus amargas reflexiones, que casi no se había dado cuenta de la gran afluencia de personas en la orilla del lago. Entre el movimiento de sus redes que limpiaba con esmero y las ondas que salían desde sus manos hacia la infinitud del lago, comenzaba a reflejarse una multitud de personas que aparentemente se habían congregado con un mismo fin. Le pareció oír un discurso, quizá de algún maestro religioso que había cautivado a las masas. ¿Pero qué podía interesarle unas palabras que no lo consolaban en su desdicha, ni le solucionaban su inquietud por la falta de alimento?
Sin embargo, podemos imaginar a Pedro justo en el momento en que luchaba interiormente por masticar su fracaso y se le hacía cada vez más insoportable la presencia de tanta gente en su apacible lago. Entonces, ocurrió el hecho que cambiaría por completo su vida: Jesús se subió a su barca. El bote de Pedro era más que unas maderas algo desteñidas que surcaban el agua; materializaban sus anhelos y sus preocupaciones, sus alegrías y el deseo de sacar adelante a su familia. Y de pronto, ese maestro se había fijado en quizá la única persona del entorno que no estaba interesada en sus palabras. Posó su mirada en el derrotado pescador y, lleno de una audacia divina, tomó posesión de su barca. Y si el pescador de Galilea ya estaba desconcertado por la actitud del predicador de Nazaret, cuán mayor fue su sorpresa cuando «le rogó que la apartase un poco de tierra» (Lc 5,3) para que su voz pudiera viajar a través de la brisa marina y llegar más fácilmente hasta los oídos atentos de la muchedumbre.
Todavía no sabía que Jesús había querido compartir su vida con él, para convertir su fracaso humano en éxito divino. Pero algún gesto de su rostro o un mínimo detalle de su voz habrán convencido a Pedro a acceder a su petición. Así pudo experimentar cómo «esa barca vacía símbolo de nuestra incapacidad se convierte en la “cátedra” de Jesús, en el púlpito desde el que proclama la Palabra. Esto es lo que le gusta hacer al Señor: subir a la barca de nuestra vida cuando no tenemos nada que ofrecerle; entrar en nuestros vacíos y llenarlos con su presencia; servirse de nuestra pobreza para proclamar su riqueza, de nuestras miserias para proclamar su misericordia».