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29 agosto 2027

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO. Con la fuerza del Espíritu Santo

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (5 de 6)
Con la fuerza del Espíritu Santo
Lucas Buch

Cuando descubrimos al Señor en nuestra vida, cuando nos sabemos amados, llamados, elegidos, y nos decidimos a seguirle, «es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio».

La misión apostólica es, en primer lugar, «como si se encendiera una luz dentro de nosotros». La oscuridad propia de la existencia, que consiste en no conocer con certeza el sentido de nuestra vida, se desvanece. La invitación que Jesucristo nos dirige nos permite comprender nuestro pasado y, al mismo tiempo, nos ofrece una ruta clara para el futuro. Jesús mismo vivió así su vida en la tierra. Cuando multitud de personas le piden que se quede en un lugar, Él sabe que debe continuar su viaje, «porque para esto he sido enviado» (Lc 4,43). Incluso al encarar su Pasión permanece sereno y confiado, y ante el juez romano no duda: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).

Vivir con sentido de misión es saberse en todo momento enviados por el Señor para llevar su Amor a quienes tenemos cerca: para eso hemos sido creados. Y es también decidir en cada momento qué hacer, en función de esa misión que da contenido y finalidad a nuestro paso por la tierra. Puede haber dificultades, obstáculos, contradicciones; habrá momentos de oscuridad; pero la estrella que marca el norte sigue brillando siempre en el firmamento. Mi vida tiene un porqué, hay una luz que me permite orientarme.

Esa luz de la misión es al mismo tiempo impulso. Pero no lo es como una fuerza humana. Por supuesto, habrá en nuestra vida momentos de entusiasmo sensible, en que experimentaremos un deseo encendido de pegar el fuego de Cristo a quienes tenemos cerca. Sin embargo, cualquiera que lleve algo de tiempo siguiendo al Señor ha podido comprobar que el impulso humano viene y va. Eso no tiene nada de malo: es humano, y los santos son los primeros que lo han vivido, como nos recuerda, sin ir más lejos, la vida del beato Álvaro del Portillo. Como es sabido, poco después de pedir la admisión en la Obra tuvo que escribir al fundador para reconocer que se le había pasado el entusiasmo.