-
ORANDO CON TODA LA IGLESIA (4 de 5)
Un encuentro con cada Persona de la Trinidad
Juan Rego
A pesar de las inevitables distracciones, debidas a nuestra fragilidad, en la oración litúrgica participamos en el misterioso pero real encuentro de toda la Iglesia con las tres personas de la Trinidad. Por eso, es enriquecedor aprender a distinguir cuándo nos dirigimos al Padre, al Hijo o al Espíritu Santo. Generalmente la liturgia nos suele situar de cara a Dios Padre, con sus rasgos propios, aunque frecuentemente sea invocado con un sencillo «Dios» o «Señor». Él es la fuente y origen de todas las bendiciones que la Trinidad derrama sobre este mundo, y a él vuelven, a través de su Hijo, todas las alabanzas que las criaturas son capaces de expresar.
Lo que decimos al Padre lo decimos a través de Jesús, quien no está tanto delante de nosotros como con nosotros. El Verbo se ha encarnado para llevarnos al Padre y, por eso, descubrir su presencia a nuestro lado, como hermano que conoce y no se avergüenza de nuestra flaqueza, nos llena de consuelo y de audacia. Es más, la oración litúrgica, en cuanto oración pública de la Iglesia, nace de la oración de Jesús. No solo es continuación de su oración cuando estuvo sobre esta tierra, sino que es expresión, hoy y ahora, de su intercesión por nosotros en el cielo (cfr. Hb 7,25). Algunas veces encontramos también oraciones que se dirigen directamente a Jesús, llevando nuestra mirada hacia el Hijo en cuanto salvador. Por estos motivos, la oración litúrgica es una gran vía para sintonizar con el corazón sacerdotal de Jesucristo.
Y la oración que se dirige al Padre por el Hijo se realiza en el Espíritu Santo. Tener conciencia de la presencia de la tercera persona de la Trinidad en la oración litúrgica es un gran regalo de Dios. El Gran Desconocido, como lo llamaba san Josemaría, pasa externamente inadvertido, como la luz o como el aire que respiramos. Sin embargo, sabemos que sin luz no veríamos nada y sin aire nos ahogaríamos. El Espíritu Santo opera de una manera similar en el diálogo litúrgico. Aunque no nos solemos dirigir a él, sabemos que habita en nosotros y que, con gemidos inenarrables, nos mueve a dirigirnos al Padre con las palabras que nos enseñó Jesús. Su acción, por tanto, se manifiesta indirectamente. Más que en las palabras que decimos, el Espíritu se manifiesta en el cómo las decimos: está presente en los gemidos que se hacen canto y en los silencios que dejan trabajar a Dios en el interior de nuestro ser.
De la misma manera que la presencia del viento se percibe por los objetos que pone en movimiento, así podemos entrever la presencia del Espíritu Santo cuando experimentamos los efectos de su acción. Por ejemplo, cuando somos conscientes de estar rezando como hijas e hijos de Dios en la Iglesia; o cuando la Palabra de Dios resuena en nuestro interior no como palabra humana sino como Palabra del Padre dirigida a cada uno. Pero sobre todo, el Espíritu Santo se manifiesta en la ternura y generosidad con las que el Padre y el Hijo se vuelcan sobre cada uno cuando en la celebración litúrgica nos perdonan, nos iluminan, nos fortalecen o nos hacen un regalo particular.
Por último, la acción del Espíritu Santo es tan íntima y necesaria que es él quien hace posible que la acción litúrgica sea verdadera contemplación de la Trinidad, y nos permite ver a la Iglesia entera y a Jesús mismo, cuando los sentidos nos dicen otra cosa. Es el Espíritu Santo quien nos descubre que el alma de la oración litúrgica no es el cumplimiento formal de una serie de palabras o movimientos exteriores, sino el amor con el que sinceramente deseamos servir y dejarnos servir. El Espíritu Santo nos hace participar de su misterio personal cuando aprendemos a disfrutar de un Dios que se abaja para servirnos, de modo que después podamos también nosotros servir a los demás.