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23 agosto 2027

CONFIAR EN LA PALABRA QUE SALVA. La pesca milagrosa

CONFIAR EN LA PALABRA QUE SALVA (1 de 4)
La pesca milagrosa
Gaspar Brahm

Entre los apóstoles reina un frío silencio. ¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6,67). La pregunta les llega quizá como un flechazo imprevisto y la mirada de Jesús, siempre exigente y cariñosa, les golpea esta vez con especial fuerza. De fondo pueden oírse vagamente los pasos de una gran multitud de personas que se alejan con rostros desconcertados. Los ecos de alguna risa irónica quizá todavía vuelan por el ambiente.

Hace mucho tiempo que Pedro sigue a Jesús. No se pierde ninguna de sus palabras. Cada uno de sus gestos es para él una nueva invitación a adentrarse en el misterio de Dios. Pero nunca antes le había escuchado pronunciar un discurso así; jamás había dicho palabras tan incomprensibles. ¿Cómo podía dar a comer su cuerpo, entregarnos su sangre como bebida? Pero estaba claro que lo decía en serio; que solo aquellos que estuvieran dispuestos a aceptar de todo corazón esas verdades podrían seguirlo. O comían su carne y bebían su sangre, o no gozarían de la vida eterna. No se trataba ni de una metáfora ni de una parábola. No había confusión posible.

¿Qué le respondería a Jesús? Estaba viendo a muchas personas que lo habían seguido durante semanas y que ahora se retiraban decepcionadas. Familias que habían experimentado un gran milagro entre los suyos tomaban distancias del Maestro. Y Pedro, ¿qué partido iba a tomar? ¿Cómo reaccionarían los demás apóstoles? Entonces, en un instante que pareció eterno, el pescador de Galilea vuelve quizá a recrear en su corazón una escena que había cambiado su vida por completo: el día en que conoció al Señor.