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ORANDO CON TODA LA IGLESIA (3 de 5)
Dar cuerpo a la oración de la Iglesia
Juan Rego
Sabemos que, para san Josemaría, la santificación del trabajo no consistía principalmente en intercalar oraciones durante el trabajo, sino sobre todo en convertir en oración la misma acción que se realiza: con la intención de trabajar para la gloria de Dios, empeñándose en la perfección humana, sabiéndose mirado amorosamente por nuestro Padre del cielo. De modo análogo, la oración litúrgica no consiste principalmente en decir oraciones durante las acciones litúrgicas, sino en realizar esas acciones rituales digne, attente ac devote, con la dignidad, atención y devoción que merecen, estando presente en lo que se hace. No son solamente ocasiones para realizar actos individuales de fe, esperanza y caridad, sino acciones a través de las cuales la Iglesia entera expresa su fe, su esperanza y su caridad.
San Josemaría daba mucha importancia a este saber estar en los distintos actos de culto, a esta urbanidad de la piedad. La dignidad que requiere la oración litúrgica tiene mucho que ver con la gestión del propio cuerpo, ya que, en cierto modo, es en él donde se manifiesta en un primer momento lo que queremos hacer. La celebración de la santa Misa, la Confesión o las bendiciones con el Santísimo, comportan diversos movimientos de la persona, pues son oración en acción. La oración litúrgica, por tanto, supone también rezar con el cuerpo. Más aún, supone aprender a dar cuerpo, aquí y ahora, a la oración de la Iglesia. Y, lógicamente, aunque muchas veces sea el sacerdote quien tiene la misión de dar voz y manos a Cristo Cabeza, es la asamblea la que da voz y visibilidad a todo el Cuerpo Místico de Cristo. Saber que a través de nosotros se ve y se escucha la oración de los santos y de las almas del purgatorio es un buen estímulo para cuidar esa urbanidad de la piedad.
Junto a la dignidad, la oración litúrgica pide atención. En ese sentido, se podría decir que, además de concentrarnos en las palabras que decimos, es importante experimentar de la manera más profunda posible el momento que estamos viviendo: tener claro con quién estamos, por qué y para qué. Esta toma de conciencia exige una formación previa, que siempre se podrá mejorar. En palabras de san Josemaría: «Despacio. —Mira qué dices, quién lo dice y a quién. —Porque ese hablar de prisa, sin lugar para la consideración, es ruido, golpeteo de latas. Y te diré con Santa Teresa, que no lo llamo oración, aunque mucho menees los labios».