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COMIENZA LA CUENTA ATRÁS (4 de 4)
Luis Miguel Bravo Álvarez
Jesús no crea el vino de la nada, sino que se sirve del esfuerzo de los siervos y del agua presente en las tinajas destinadas para la purificación. Las mismas vasijas que iban a contener las miserias de los invitados reciben ahora el vino transformado por Dios. Este milagro también se repite hoy en día. El Señor puede convertir el agua de nuestra debilidad, aquello que quizá nos avergüenza, en el camino que nos conduce a la santidad, donde Dios nos espera en el mejor de los banquetes. «No ha de asustarte que vean tus defectos personales, los tuyos y los míos –predicaba san Josemaría–; yo tengo el prurito de publicarlos, contando mi lucha personal, mi afán de rectificar en este o en aquel punto de mi pelea para ser leal al Señor. El esfuerzo para desterrar y vencer esas miserias será ya un modo de indicar los senderos divinos».
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San Juan concluye así el relato de las bodas: «En Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él» (Jn 2,11). El inicio del ministerio público de Cristo no fue especialmente llamativo. Quizá podría haber realizado su primer milagro en Jerusalén, a la vista de muchos, obrando una gran curación. Sin embargo, decidió optar por la discreción de un pequeño pueblo y una necesidad simple y doméstica que afectaba a unos amigos. Y este signo fue precisamente lo que despertó la fe de los discípulos, pues, además de revelar su poder, demostraba su preocupación por los asuntos de las personas a las que amaba.
«Os sugiero un ejercicio que puede hacernos mucho bien. Probemos hoy a buscar entre nuestros recuerdos los signos que el Señor ha realizado en nuestra vida. Que cada uno diga: en mi vida, (...) ¿qué indicios veo de su presencia? Son signos que ha llevado a cabo para mostrarnos que nos ama; pensemos en ese momento difícil en el que Dios me hizo experimentar su amor… Y preguntémonos: ¿con qué signos, discretos y premurosos, me ha hecho sentir su ternura?
¿Cuándo he sentido más cercano al Señor, cuándo he sentido su ternura, su compasión?». Reconocer todos esos signos –grandes y pequeños– que Jesús ha obrado en nosotros nos podrá ayudar a descubrir, como sus discípulos, que «Dios se interesa hasta de las pequeñas cosas de sus criaturas: de las vuestras y de las mías, y nos llama uno a uno por nuestro propio nombre. Esa certeza que nos da la fe hace que miremos lo que nos rodea con una luz nueva, y que, permaneciendo todo igual, advirtamos que todo es distinto, porque todo es expresión del amor de Dios».
Esta escena también pone de relieve que María no es indiferente ante nuestras necesidades. Ella misma se da cuenta de lo que carecemos y, como buena madre, está dispuesta a lo que haga falta para vernos disfrutar del mejor vino. «El corazón de María, que no puede menos de compadecer a los desgraciados (…), la impulsó a encargarse por sí misma del oficio de intercesora y pedir al Hijo el milagro, a pesar de que nadie se lo pidiera (…). Si esta buena Señora obró así sin que se lo pidieran, ¿qué hubiera sido si le rogaran?».