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TANTAS PERSONAS, TANTAS FORMAS DE REZAR (4 de 4)
Diego Zalbidea
Otras personas, por su parte, están más inclinadas hacia los detalles pequeños, hacia los regalos, aunque sean de muy poco valor. Tienen un corazón que no deja de pensar en los demás y que siempre encuentra en la vida algo referido a sus seres queridos. Por eso les ayuda seguramente aprender a descubrir todos los dones que Dios ha sembrado en su vida. «La oración, precisamente porque se alimenta del don de Dios que se derrama en nuestra vida, debería ser siempre memoriosa». También pueden ilusionarse con sorprender a Dios con mil detalles minúsculos. El factor sorpresa tiene mucha importancia para ellas. Y, a fin de cuentas, atinar con lo que fascina al Señor no es tan difícil. Aunque para nosotros sea un misterio, podemos estar seguros de que hasta lo más pequeño lo llena de agradecimiento y hace brillar sus ojos. Cada alma que procuramos acercar a su amor —como la de Dimas en sus últimos momentos— le roba de nuevo el corazón.
Sin ánimo de encerrar en esquemas previos todas las posibilidades, que casi siempre se dan mezcladas, hay también almas que necesitan pasar tiempo con quien aman. Puede que les guste, por ejemplo, consolar a Jesús. Todo tiempo gastado con quien aman les parece poco. Para percibir el cariño divino puede servirles pensar en Nicodemo, a quien Jesús recibió con toda la noche por delante, en la intimidad de un hogar muy dado a las confidencias. Precisamente por ese tiempo compartido, Nicodemo será después capaz de dar la cara en los momentos más difíciles, y permanecer cerca de Cristo cuando los demás se escondan, llenos de miedo.
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La conversación entre Jesús y el buen ladrón fue breve pero intensa. Dimas descubrió que había una rendija en ese gran corazón inocente de Cristo: una forma fácil de asaltarlo. La voluntad de Dios, tantas veces oscura y dolorosa, se iluminó y se ilumina con la petición humilde del bandido. Su único deseo es que seamos felices, muy felices, los más felices del mundo. El buen ladrón se coló por esa grieta y se apoderó del mayor tesoro. María, por su parte, fue testigo de cómo Dimas defendía a su hijo. Quizá, con una mirada, pidió a Jesús que le hiciera un mimo. Y Cristo, incapaz de negar nada a su madre, dijo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).