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AGRADAR A DIOS
Las cosas pequeñas
Diego Zalbidea
El 29 de diciembre de 1933, san Josemaría ultimaba la instalación de la Academia DYA. Lo ayudaban ese día cuatro estudiantes: Manolo, Isidoro, Pepe y Ricardo. Una de las tareas para la jornada era la instalación de una pizarra de 2 metros de ancho en una clase. Al día siguiente anotaba, emocionado, una pequeña anécdota: «En cuanto colocaron el encerado en una clase, lo primero que escribieron los cuatro artistas fue: Deo omnis gloria! —toda la gloria para Dios.— Ya sé que te encantó, Jesús». En unas pocas palabras se vislumbra su gozo al contemplar esa simpática ocurrencia. Pero hay algo quizá más misterioso en el apunte, y es la manera en que el fundador del Opus Dei comprendía nuestra capacidad de agradar a Dios con pequeños y casi minúsculos detalles.
Con todo, no es fácil entender cómo una acción tan insignificante de las criaturas pueda tener ese efecto en su creador. Y sin embargo todos tenemos experiencia de cómo, cuando algo nos encanta, perdemos en cierta medida la cordura. No atendemos a razones. Y bien, Dios ha dicho que sus «delicias están con los hijos de los hombres» (Pr 8,31), que le encantamos. Si esa expresión de san Josemaría parece atrevida, es todavía más audaz cuando la presenta como una convicción muy íntima: «Con la Fe y el Amor, somos capaces de chiflar a Dios, que se vuelve otra vez loco —ya fue loco en la Cruz, y es loco cada día en la Hostia—, mimándonos como un Padre a su hijo primogénito». No se trata de un texto aislado; es algo habitual en su predicación: «Les hablé de Jesús chiflado, loco por nosotros»39. ¿Alguna vez habíamos llegado a mirar así a Dios?
La felicidad de Dios
Al final de su primera carta pastoral, el prelado del Opus Dei pedía a Dios: «Haz, Señor, que desde la fe en tu Amor vivamos cada día con un amor siempre nuevo, en una alegre esperanza». Alegría: ¿qué puede unirla con las virtudes teologales, las virtudes que Dios nos da? Santo Tomás de Aquino dice que la felicidad «corresponde a Dios en grado sumo»; que nadie es tan feliz como él, y nadie desea tanto disfrutar y compartir esa alegría con nosotros. Por eso, vivimos a la espera de la felicidad eterna y, al mismo tiempo, estamos ya alegres porque Dios nos concede participar aquí de su dicha.
Para adentrarnos en el misterio de la felicidad divina, podemos contemplar una reacción de Jesús recogida por san Marcos:
«Sentado Jesús frente al gazofilacio, miraba cómo la gente echaba en él monedas de cobre, y bastantes ricos echaban mucho. Y al llegar una viuda pobre, echó dos monedas pequeñas, que hacen la cuarta parte del as» (Mc 12,41−42). Este insignificante detalle emociona a nuestro Señor. Las monedas de cobre retumbaban al caer en el gazofilacio, una especie de trompeta con la boca hacia arriba, situada en el atrio del templo, en la que se entregaban las ofrendas, limosnas y rentas. El acostumbrado golpear del metal recio era bien diferente al suave tintineo de las dos monedas sin apenas valor que ahora ofrecía esta pobre mujer. Sumaban la cuarta parte del as que, en aquel momento, era la moneda más pequeña en circulación.
Y, sin embargo, esta mujer conquista el corazón de Cristo. Él en realidad no necesita nuestras ofrendas, mendiga algo mucho más grande: nuestro corazón. «¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? —Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que lo des». Jesús no interpreta los gestos como lo hacemos nosotros. La ofrenda de la viuda es minúscula, pero a Jesús le gusta mucho más que las otras porque es libre, humilde y gratuita. Significa mucho para él y no se resiste a explicar por qué: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos los que han echado en el gazofilacio, pues todos han echado algo de lo que les sobra; ella, en cambio, en su necesidad, ha echado todo lo que tenía, todo su sustento» (Mc 12,43). Cristo nos desafía a valorar las cosas —y sobre todo nuestra vida— de una forma diferente, alternativa y paradójica.