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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (5 de 5)
Libres para crecer, libres para aprender
Justin Gillespie
En su carta pastoral del 9 de enero, el Padre nos ayuda a considerar más profundamente la íntima relación entre libertad y lucha en nuestras vidas: «Cuanto más libres somos, más podemos amar. Y el amor es exigente: “todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13,7)»5. A la vez, cuanto más amamos, más nos sentimos libres, incluso en momentos difíciles o desagradables. «Cuanto más intensa es nuestra caridad, más libres somos. También actuamos con libertad de espíritu cuando no tenemos ganas de realizar algo o nos resulta especialmente costoso, si lo hacemos por amor, es decir, no porque nos gusta, sino porque nos da la gana».
No se trata de una técnica para conseguir hacer lo que no nos apetece hacer, borrar una realidad sombría con las palabras ‘amor’ y ‘libertad’. Más bien, se trata de una verdad profunda de nuestras almas que cada uno de nosotros está invitado a descubrir. Cuanto más nos identifiquemos con el don que Dios nos ha concedido, con nuestros talentos y nuestra misión, más dispuestos estaremos a luchar, cuando sea preciso, para cuidar y cultivar ese don. No nos moverán el miedo, ni el peso de la obligación, sino el agradecimiento a Dios y el deseo de corresponder a su Amor. «La fe en el amor de Dios por cada una y por cada uno (cfr. 1 Jn 4,16) nos lleva a corresponder por amor. Nosotros podemos amar porque Él nos ha amado primero (cfr. 1 Jn 4,10). Saber que el Amor infinito de Dios se encuentra no solo en el origen de nuestra existencia, sino en cada instante, porque Él es más íntimo a nosotros que nosotros mismos, nos llena de seguridad».
En los últimos tiempos se ha trabajado mucho para entender de nuevo la importancia de la lucha dentro del desarrollo humano integral, especialmente en el área del trabajo profesional y la educación. «Pensad un poco en los colegas vuestros que destacan por su prestigio profesional, por su honradez, por su servicio abnegado: ¿no dedican muchas horas en la jornada —y aun en la noche— a esa tarea? ¿No tenemos nada que aprender de ellos?». Seguramente podemos aprender de ellos a luchar mejor, y así ser libres para amar más. Además, quienes luchan mejor suelen tener una lucha abierta. No ven sus habilidades —sus talentos— como algo fijo o determinado. Como los dos primeros siervos de la parábola de Jesús, entienden que lo que se les confía está destinado a crecer a través del esfuerzo y la lucha. Si seguimos este ejemplo, advertiremos que la lucha en sí misma vale la pena: los reveses y las dificultades no aparecerán ya como fracasos, sino como oportunidades para aprender y mejorar; no experimentaremos el esfuerzo como una carencia, sino como una señal de progreso; y, en lugar de sentirnos heridos porque vean nuestros defectos, desearemos conocer nuestra debilidad y recibir el consejo de otros.
Posiblemente los dos primeros siervos de la parábola creyeron que lo que se les había confiado podía crecer. Fueron atraídos e inspirados por la confianza de su amo. Nosotros podemos sentirnos igualmente inspirados, igualmente libres, cuando descubrimos una vez más cómo el amor de nuestro Padre Dios se encuentra en la misión única que nos ha confiado a cada uno de nosotros. Una misión que implica sacrificio y lucha para llevarla a cabo.
El Señor nos ha confiado una misión maravillosa. Ha querido contar con nosotros para hacer presente su Amor infinito en medio del mundo en que vivimos. Por eso, «saber que Dios nos espera en cada persona (cfr. Mt 25,40), y que quiere hacerse presente en sus vidas también a través de nosotros, nos lleva a procurar dar a manos llenas lo que hemos recibido. Y en nuestra vida, hijas e hijos míos, hemos recibido y recibimos mucho amor. Darlo a Dios y a los demás es el acto más propio de la libertad. El amor realiza la libertad, la redime: la hace encontrarse con su origen y con su fin, en el Amor de Dios». Los dos siervos que cultivaron el don de su amo finalmente descubrieron una recompensa mucho mayor que la que podían haber imaginado: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,23). Este es el gozo que buscamos, y es también el gozo que nos acompaña en nuestra lucha, lleno de la esperanza que hizo exclamar a San Pablo: «Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se va a manifestar en nosotros» (Rm 8,18).