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22 julio 2027

AGRADAR A DIOS. Infinitas maneras de orar

AGRADAR A DIOS
Infinitas maneras de orar
Diego Zalbidea

En uno de los encuentros que tuvo en México, san Josemaría contaba que años atrás un hijo suyo, filósofo de profesión, había recibido inesperadamente el encargo de ocuparse de las empresas de su familia: «Cuando me habló de negocios me quedé mirándole, me eché a reír y le dije: ¿Negocios? El dinero que tú ganes me lo pones aquí, en el hueco de mi mano, que me sobra sitio». Pasaron los años, y al volver a encontrarse con él le dijo: «Aquí está mi mano. ¿No te dije que lo que ganaras me lo pusieras aquí? Y él se levantó y, ante la expectación de todos, me besó la palma de la mano. Y dijo: ya está. Le di un abrazo y le contesté: me has pagado de sobra. ¡Anda, ladrón, que Dios te bendiga!».

En la oración bien podemos poner un beso en la mano de Dios; entregarle nuestro cariño, como único tesoro, ya que no tenemos otra cosa. A algunas personas les bastará un gesto como este, dirigido al Señor, para encenderse en una oración de afectos y propósitos. Les parecerá mucho más expresiva una mirada que mil palabras. Querrían tocar todo lo que se refiere a Dios. Disfrutarían sintiendo la brisa de la orilla del mar de Galilea. A través de los sentidos, el Señor les llena el corazón de paz y de alegría. Y ese gozo, naturalmente, necesita ser compartido. La misión apostólica se convierte entonces en abrir los brazos como Cristo para abrazar el mundo entero y salvarlo junto con él.

Pero esa es solo una de las infinitas formas de orar, que son tantas como personas, y tantas como momentos que puede atravesar nuestra alma. Otros, por ejemplo, buscan sencillamente escuchar algunas palabras de consuelo. Jesús no escatima palabras de admiración para quien las necesita: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1,47). Nos las dirá si abrimos nuestro corazón. Nadie ha pronunciado palabras de amor como las suyas. Y nadie las ha dicho con tanta gracia y con tanta verdad. Cuando las escuchamos, el amor que recibimos se cuela en nuestra mirada. Aprendemos así a mirar con Dios. Vislumbramos, de esta manera, lo que cada amigo o amiga sería capaz de hacer si se dejara acompañar por la gracia.

Hay también personas que disfrutan sirviendo a los demás, como Marta, la amiga del Señor que vivía en Betania. Cuando el evangelio nos cuenta que Jesús estuvo de visita allí, vemos que no indicó a Marta que se sentara, sino que la invitó a descubrir lo único necesario (cfr. Lc 10,42) en medio de lo que hacía. A personas parecidas a Marta probablemente las conforta pensar, mientras oran, que Dios actúa a través de ellas para llevar a muchas almas al cielo. Les gusta llenar su oración con rostros y nombres de personas concretas. Necesitan percibir que sirven a los demás con todo lo que hacen. De hecho, si María pudo escoger “la mejor parte” es justamente porque Marta servía; a esta última le bastaba saber que quienes la rodeaban estaban a gusto.

Otras personas, por su parte, están más inclinadas hacia los detalles pequeños, hacia los regalos, aunque sean de muy poco valor. Tienen un corazón que no deja de pensar en los demás y que siempre encuentra en la vida algo referido a sus seres queridos. Por eso les ayuda seguramente aprender a descubrir todos los dones que Dios ha sembrado en su vida. «La oración, precisamente porque se alimenta del don de Dios que se derrama en nuestra vida, debería ser siempre memoriosa». También pueden ilusionarse con sorprender a Dios con mil detalles minúsculos. El factor sorpresa tiene mucha importancia para ellas. Y, a fin de cuentas, atinar con lo que fascina al Señor no es tan difícil. Aunque para nosotros sea un misterio, podemos estar seguros de que hasta lo más pequeño lo llena de agradecimiento y hace brillar sus ojos. Cada alma que procuramos acercar a su amor —como la de Dimas en sus últimos momentos— le roba de nuevo el corazón.

Sin ánimo de encerrar en esquemas previos todas las posibilidades, que casi siempre se dan mezcladas, hay también almas que necesitan pasar tiempo con quien aman. Puede que les guste, por ejemplo, consolar a Jesús. Todo tiempo gastado con quien aman les parece poco. Para percibir el cariño divino puede servirles pensar en Nicodemo, a quien Jesús recibió con toda la noche por delante, en la intimidad de un hogar muy dado a las confidencias. Precisamente por ese tiempo compartido, Nicodemo será después capaz de dar la cara en los momentos más difíciles, y permanecer cerca de Cristo cuando los demás se escondan, llenos de miedo.

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La conversación entre Jesús y el buen ladrón fue breve pero intensa. Dimas descubrió que había una rendija en ese gran corazón inocente de Cristo: una forma fácil de asaltarlo. La voluntad de Dios, tantas veces oscura y dolorosa, se iluminó y se ilumina con la petición humilde del bandido. Su único deseo es que seamos felices, muy felices, los más felices del mundo. El buen ladrón se coló por esa grieta y se apoderó del mayor tesoro. María, por su parte, fue testigo de cómo Dimas defendía a su hijo. Quizá, con una mirada, pidió a Jesús que le hiciera un mimo. Y Cristo, incapaz de negar nada a su madre, dijo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).