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20 julio 2027

TANTAS PERSONAS, TANTAS FORMAS DE REZAR

TANTAS PERSONAS, TANTAS FORMAS DE REZAR (1 de 4)
Diego Zalbidea

Fuera de las murallas de Jerusalén, poco después del mediodía, tres hombres habían sido crucificados sobre el monte Calvario. Era el primer Viernes Santo de la historia. Dos de ellos eran ladrones; el tercero era el único hombre absolutamente inocente: el Hijo de Dios. Uno de los dos bandidos, en medio de su intenso sufrimiento y de su agotamiento físico, entabla una brevísima conversación con él. Sus palabras llenas de humildad —«acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42)— hacen que el mismo Dios hecho hombre le asegure la entrada en el paraíso. San Josemaría se conmovía muchas veces con la actitud de este buen ladrón que «con una palabra robó el corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo». Quizá precisamente así se podría definir la oración: una palabra que roba el corazón a Jesús y nos hace vivir, desde ahora, junto a él.

Dos diálogos en la cruz

También nosotros deseamos que nuestra oración, como la de este hombre, al que una tradición da el nombre de Dimas, se llene de fruto. Nos ilusiona pensar en el vuelco que el diálogo con Dios puede dar a nuestra vida. Robar el corazón es conquistar, enamorar, entusiasmar. Se roba porque no se merece recibir tanto cariño. Se asalta lo que no es propiedad ni posesión, pero se anhela. La oración se asienta sobre algo tan sencillo —pero tan grande— como aprender a acoger un don así en nuestros corazones, dejándonos acompañar por Jesús, que nunca impone sus regalos, ni su gracia, ni su amor.

Junto a Dimas, también en un madero sobre el Calvario, estaba su compañero de tormento. Contrasta el reproche que este otro dirige a Jesús: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (Lc 23,39). Son palabras que caen como un jarro de agua fría. ¿Qué diferencia hay entre esos dos diálogos? Ambos se dirigían a Jesús, pero solo Dimas acogió lo que el maestro tenía preparado para regalarle. Llevó a cabo su último y mejor golpe: aquella petición de quedarse al menos en la memoria de Cristo. Su compañero, por el contrario, no abrió su corazón con humildad a quien quería librarle de su pasado y regalarle un futuro. Exigió su derecho a ser escuchado y salvado; se encaró con la aparente ingenuidad de Jesús y le reprochó su pasividad. Quizá siempre había robado así: considerando que recuperaba lo que le pertenecía. Dimas, por su parte, sabía que no merecía nada, y esa actitud logró abrir la caja fuerte del amor de Dios. Supo reconocer a Dios tal como realmente es: un Padre entregado a cada uno de sus hijos.