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LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO (5 de 5)
Gaspar Brahm y José María Álvarez de Toledo
San Mateo finaliza el relato de las tentaciones señalando que el diablo se marchó y vinieron los ángeles a servir a Jesús (cfr. Mt 4,11). A veces las fuerzas del demonio parecen invencibles. Las tensiones a las que somete puede parecer que no se acaban nunca. Esto es precisamente lo que él busca: robarnos la esperanza y hacernos creer que la única salida factible es ceder a lo que él propone. En cambio, la manera en que Jesús vive las tentaciones nos muestra que ese planteamiento es equivocado y que la victoria sí es posible. Al fin y al cabo, «el diablo es el gran mentiroso, el padre de la mentira. Sabe hablar bien, es capaz hasta de cantar para engañarnos. Es un derrotado, pero se mueve como un vencedor. Su luz es brillante como los fuegos artificiales, pero no dura, se apaga, mientras que la del Señor es mansa pero permanente».
Cristo puede ayudarnos a aceptar las tentaciones con serenidad y a vencer el miedo en momentos de duda y debilidad, pues sabe que ninguna acción del demonio será superior a las fuerzas humanas asistidas por la gracia (cfr. 1Co 10,13). Jesús no dialoga en ningún momento con el tentador, imaginando qué ocurriría si aceptara alguna de sus propuestas. En cambio, corta con decisión, tomando una resolución firme. Así es como responde a las invitaciones del demonio: eligiendo el bien que pretende esconderle. No quiere alimentarse de pan, sino de la palabra divina. No quiere poner a prueba a Dios, sino que se fía de él. No quiere los reinos del mundo, sino servir solo a su Padre.
De esta manera, el Evangelio nos muestra al Señor como «el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la tentación. Jesús cumplió perfectamente la vocación de Israel: al contrario de los que anteriormente provocaron a Dios durante cuarenta años por el desierto (cfr. Sal 95,10), Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la voluntad divina». La victoria del Señor sobre el tentador redunda también en nuestro beneficio: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado» (Hb 4,15). Cristo «no solo conoce en cuanto Dios la debilidad de nuestra naturaleza, sino que también en cuanto hombre experimentó nuestros sufrimientos, aunque estaba exento de pecado. Por conocer bien nuestra debilidad, puede concedernos la ayuda que necesitamos, y al juzgarnos dictará su sentencia teniendo en cuenta esa debilidad».
Después de este episodio, Jesús comenzará su vida pública. En aquellos cuarenta días en el desierto quiso fortalecer su espíritu para su misión redentora, que iba a ser dura y exigente. También los desiertos que podamos atravesar en nuestra vida –tentaciones, crisis, contrariedades– nos pueden servir de impulso para madurar nuestra vocación cristiana y pueden ser un momento de gracia. Cristo nos ayudará a recorrerlos de su mano, sabiendo que en cada desierto se esconde Dios.