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MADRE DE DIOS, MADRE NUESTRA
San Josemaría
Maestra de fe, de esperanza y de caridad (4 de 4)
Nº 288.- Ahora, en cambio, en el escándalo del Sacrificio de la Cruz, Santa María estaba presente, oyendo con tristeza a los que pasaban por allí, y blasfemaban meneando la cabeza y gritando: ¡Tú, que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo!; si eres el Hijo de Dios, desciende de la Cruz (Mt XXVII, 39-40). Nuestra Señora escuchaba las palabras de su Hijo, uniéndose a su dolor: Dios Mio, Dios Mio, ¿ por qué me has desamparado?(Mt XXVII, 46). ¿Qué podía hacer Ella? Fundirse con el amor redentor de su Hijo, ofrecer al Padre el dolor inmenso -como una espada afilada que traspasaba su Corazón puro.
De nuevo Jesús se siente confortado, con esa presencia discreta y amorosa de su Madre. No grita María, no corre de un lado a otro. Stabat: está en pie, junto al Hijo. Es entonces cuando Jesús la mira, dirigiendo después la vista a Juan. Y exclama: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu Madre (Ioh XIX. 26-27). En Juan, Cristo confía a su Madre todos los hombres y especialmente sus discípulos: los que habían de creer en El:
Felix culpa (Vigilia Pascual. Praeconium), canta la Iglesia, feliz culpa, porque ha alcanzado tener tal y tan grande Redentor. Feliz culpa, podemos añadir también, que nos ha merecido recibir por Madre a Santa María. Ya estamos seguros, ya nada debe preocuparnos: porque Nuestra Señora, coronada Reina de cielos y tierra, es la omnipotencia suplicante delante de Dios. Jesús no puede negar nada a María, ni tampoco a nosotros, hijos de su misma Madre.