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12 julio 2027

LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO. Liberarse de los ídolos

LA EXPERIENCIA DEL DESIERTO (4 de 5)
Liberarse de los ídolos
Gaspar Brahm y José María Álvarez de Toledo

Hay una última prueba que espera a Jesús. El demonio, astuto y perseverante, lo lleva a un monte altísimo desde el cual pueden divisarse los numerosos reinos del mundo, toda la gloria y el poder de los hombres. ¿Acaso no era el Rey del universo? ¿No había venido para aunar todos los pueblos y naciones en el reino de los hijos de Dios? Bastaría un solo gesto para que el tentador le ayudara a cumplir definitivamente su misión. «Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras» (Mt 4,9). Pero las rodillas de Jesús no se doblan.

Adán y Eva, al desconfiar de Dios, prefirieron erigirse ellos mismos como dioses. También los israelitas, en su deambular por el desierto, decidieron a veces construir sus propias divinidades, a la medida de sus ilusiones y reflejo de sus propios rostros. Cada vez que el hombre desconfía de su Padre, termina adorándose a sí mismo. Y, en vez de poner su esperanza en el misterioso pero eterno poder divino, decide contentarse con su propia gloria pasajera, aunque sea menuda y se desvanezca con facilidad. Quizá el demonio no nos ofrezca hoy «todos los reinos del mundo» (Mt 4,8), pero sí pequeños reinos que tal vez deseamos secretamente en nuestro corazón, y nos convence de que eso nos hará suficientemente felices para seguir caminando. Divinizamos así realidades que no son Dios, sino cadenas que esclavizan.

El Señor nos ha creado para que nuestros anhelos se dirijan hacia él. Estamos hechos para compartir su naturaleza divina –como pretendían Adán y Eva– y para ser felices –como buscaban los israelitas en el desierto–. Y esto implica aprender a liberarse de los ídolos que desvirtúan la senda hacia la plenitud. «El dinamismo del deseo está siempre abierto a la redención. También cuando este se adentra por caminos desviados, cuando sigue paraísos artificiales y parece perder la capacidad de anhelar el verdadero bien. Incluso en el abismo del pecado no se apaga en el hombre esa chispa que le permite reconocer el verdadero bien, saborear y emprender así la remontada, a la que Dios, con el don de su gracia, jamás priva de su ayuda. Por lo demás, todos necesitamos recorrer un camino de purificación y de sanación del deseo. Somos peregrinos hacia la patria celestial, hacia el bien pleno, eterno, que nada nos podrá ya arrancar. No se trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura».

La soberbia nos insinúa que no necesitamos al Señor. Pero Jesús no se deja engañar por el espejismo que le presenta el demonio. Sabe que a las afueras de Jerusalén, en el Calvario, se abrirán definitivamente las puertas del paraíso. Desde la cruz nos enseñará en qué consiste la verdadera felicidad: dar la vida por amor.

«Apártate, Satanás, pues escrito está: “Al Señor tu Dios adorarás y solamente a él darás culto» (Mt 4,10).