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AGRADAR A DIOS
Un padre de la Iglesia pone estas palabras en los labios de Jesús:
Diego Zalbidea
«Esta cruz no es mi aguijón, sino el aguijón de la muerte. Estos clavos no me infligen dolor; lo que hacen es acrecentar en mí el amor por vosotros. Estas llagas no provocan mis gemidos; lo que hacen es introduciros más en mis entrañas. Mi cuerpo, al ser extendido en la cruz, os acoge con un seno más dilatado; pero no aumenta con eso mi sufrimiento. Mi sangre no es para mí una pérdida, sino el pago de vuestro precio».
Así es la delicadeza con la que Dios nos trata, y por eso queremos ser muy finos con él. Nos preocupa la mera posibilidad de abusar de tanta confianza. No nos gusta rebajar lo sagrado, transformarlo tan solo en una rutina para cumplir cada cierto tiempo. Jesús ha ganado con su sangre el sacramento de la Confesión. No queremos dejar de agradecerlo, también con los hechos. Queremos escuchar siempre ese perdón divino; queremos apartar cualquier obstáculo que nos impida sabernos mirados por Dios y empujados por él hacia el futuro.
La Misa de Jesús es nuestra Misa
Santo Tomás de Aquino explica así el valor de la salvación obrada por Jesús en el Calvario: «Cristo, al padecer por caridad y por obediencia, presentó a Dios una ofrenda mayor que la exigida como recompensa por todas las ofensas del género humano». Y esa misma ofrenda sanadora la podemos ofrecer como si fuera nuestra propia ofrenda; Cristo nos la regala cada día en la celebración de la Eucaristía. Por eso a san Josemaría le gustaba hablar a Dios de «“nuestra” Misa», la de cada uno de nosotros y de Jesús. ¡Si queremos, podemos podemos cambiar el curso de la historia junto a él!
Al contemplar la escena del evangelio que venimos meditando, san Agustín notaba que «solo dos se quedan allí: la miserable y la Misericordia. Cuando se marcharon todos y quedó sola la mujer, levantó los ojos y los fijó en ella. Ya hemos oído la voz de la justicia; oigamos ahora también la voz de la mansedumbre». Qué suavidad la de Jesús para invitarla a la santidad. Ya no va a estar sola en su lucha. Sabrá siempre que la mirada de Jesús la acompaña. Una vez hemos gustado esa suavidad, no queremos vivir de otra forma: «Te he paladeado y me muero de hambre y de sed»13. Qué natural es entonces tratar con delicadeza y respeto a Jesús presente en la Eucaristía. No es algo que nos distancia de él; no se trata de mera educación o de cortesía protocolaria: es cariño verdadero, hecho de libertad y de admiración. Hasta en la manera de acercarnos a comulgar, en el silencio ante el sagrario o en las genuflexiones pausadas, descubrimos una oportunidad de corresponder a tanto amor derramado por cada uno. Todo eso no son más que muestras de la pureza interior que deseamos y que tantas veces habremos pedido a la Virgen, rezando la comunión espiritual.
En la santa Misa comprobamos de manera especial cómo «cuando Él pide algo, en realidad está ofreciendo un don. No somos nosotros quienes le hacemos un favor: es Dios quien ilumina nuestra vida, llenándola de sentido». ¡Cuántas gracias nos gustaría darle a Dios por hacer tan asequible la santidad! Así es fácil vernos, como aquella mujer, lanzados por Jesús hacia la esperanza: «Vete y a partir de ahora no peques más» (Jn 8,11). Esa es la mejor noticia posible. Jesús la ha convencido de que el pecado no es inevitable: ese no es su destino, no es la última palabra. Hay una luz fuera del túnel que, en nuestro caso, llega vigorosamente a través de los sacramentos. Ya nadie la condena. ¿Por qué habría de condenarse ella a sí misma? Ahora sabe que puede volver y rehacer su vida: recomenzar allí donde se había alejado del camino.