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ORAR EN CUERPO Y ALMA:
LA MORTIFICACIÓN CRISTIANA (2 de 5)
Jutta Burggraf
Cristo ha muerto para que nosotros vivamos
¿Esto quiere decir que los cristianos tenemos que vivir ahora de un modo severo y riguroso? ¿Que no debemos disfrutar de las cosas buenas de la vida? ¡Todo lo contrario! Cristo ha muerto para que nosotros vivamos; ha sufrido para que nosotros seamos felices; ha roto nuestras cadenas para que anunciemos su reino de libertad.
La obra de salvación debería reflejarse en el rostro, en la mirada, en la sonrisa y la risa, en la serenidad y la fortaleza, en la comprensión y la amistad, en el ánimo sincero, solidario y generoso de los “liberados".
Quien experimenta que es profundamente aceptado y amado, no puede más que transmitir el amor con alegría. Y quiere estar cada vez más cerca al amor de su vida.
Lo advertimos en el amor humano, a veces con una claridad que nos hace temblar. Pensemos, por ejemplo, en las mujeres alemanas que acompañaron voluntariamente a sus maridos judíos a los campos de concentración nazi. O en aquella madre que se acostumbró a cerrar los ojos durante casi todo el día, para percibir el mundo del mismo modo que su hijo ciego.
Compartir el destino de Cristo
Algo parecido ocurre en el amor a Cristo. Los cristianos quieren compartir su destino. ¿No es verdad que dos personas se unen más fuertemente cuando llevan juntas un gran dolor, que cuando celebran juntas una maravillosa fiesta? Por esto, los cristianos quieren estar también en la cruz, y no tienen reparos en subir libremente al monte Calvario. ¿Cómo lo hacen? Tratan de aceptar, con ánimo, los múltiples problemas de la vida diaria; los utilizan como el material del que fabrican una cruz, “su cruz", aquella para la que Cristo les considera preparados, y la que lleva con ellos. Como es sabido, Dios suele actuar así con sus amigos.