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AGRADAR A DIOS
Para proteger nuestra libertad
Diego Zalbidea
Al comenzar su pontificado, Benedicto XVI nos alertaba ante un peligro constante, que se manifiesta en la escena de la sinagoga de Nazaret: «El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres». La normalidad nos parece también demasiado lenta; podemos pensar que hace llegar tarde las cosas. Nosotros deseamos que las cosas buenas y santas sean realidad cuanto antes. A veces nos resulta difícil entender por qué el bien tarda tanto en llegar, por qué el Mesías se toma tanto tiempo; por qué incluso «comienza estando en el seno de su Madre nueve meses, como todo hombre, con una naturalidad extrema».
En realidad, bajo esa forma de presentarse, lo que Dios busca tal vez sea proteger la libertad de los hombres, cerciorarse de que también nosotros queremos estar con él, ya sea orando unos cuantos minutos, deteniendo nuestra jornada para dedicar unas palabras a María o haciendo cualquier otra cosa. Si Dios se manifestase de una manera diversa, nuestra respuesta tendría que ser indiscutible. Por eso vemos que Jesús parece feliz pasando desapercibido en las escenas del evangelio. Los magos, por ejemplo, debieron de quedar sorprendidos al ver al rey de los judíos sostenido por los brazos de una mujer joven, en un lugar tan sencillo. Dios no quiere avasallar a los hombres. Quiere hijos libres, no deslumbrados. Sabe que nada nos estimula tanto como el descubrimiento personal de un tesoro escondido. Agradecer nuestra libertad, con todas sus luces y sus sombras, nos ayuda a compartir la paciencia de Dios ante tantas cosas que, a primera vista, nos pueden parecer un obstáculo para la redención y que, sin embargo, son el camino ordinario por el que Dios se manifiesta.
Por eso mismo, también sus mandamientos y sus normas son un don y una invitación. En este sentido, Tomás de Aquino pudo decir: “La nueva ley es la misma gracia del Espíritu Santo”, no una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios». Y también «Agustín pudo resumir al final esta experiencia espiritual de la verdadera novedad en el cristianismo en la famosa fórmula: Da quod iubes et iube quod vis, “dame lo que mandas y manda lo que quieras”». Se entienden así algunos párrafos encendidos del salmista, que pueden darnos las palabras para agradecer a Dios esta libertad: «Con mis labios proclamo todas las normas de tu boca. En el camino de tus preceptos me deleito más que en todas las riquezas. Quiero meditar en tus mandatos, y fijar la vista en tus senderos» (Sal 119,13-15).