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17 junio 2027

AGRADAR A DIOS. Entre los bastidores de lo cotidiano

AGRADAR A DIOS
Entre los bastidores de lo cotidiano
Diego Zalbidea

Esta normalidad de Dios nos puede desconcertar, porque nos parece contrapuesta a la espontaneidad que quizá consideramos como un elemento esencial de una relación. Lo normal nos puede parecer demasiado previsible porque ahí falta aparentemente la creatividad, el factor sorpresa, la pasión del amor verdadero. Quizá echamos en falta algo distintivo que haga de nuestra relación con Dios una aventura inigualable, única e irrepetible, un testimonio espectacular que pueda incluso remover a otras personas. Podemos pensar que la normalidad allana excesivamente la realidad y se deja la aportación peculiar que cada uno puede hacer.

¿Qué decir ante todo esto? Es verdad que el acostumbramiento es una reacción comprensible ante lo que siempre es igual. Sin embargo, sabemos que Dios realmente nos espera en lo más ordinario, en lo de cada día. Así es también el amor humano, que crece y se profundiza no solo valiéndose de grandes momentos especiales, sino también del simple estar juntos: los silencios, cansancios e incomprensiones de las jornadas compartidas. «Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes»18 que nos encantaría descubrir. Sucede que, aunque nuestra relación con Dios ocurra en medio de la normalidad, la procesión va por dentro. Su amor apasionado se puede mover muy cómodamente entre los bastidores de la normalidad, en el hoy sin espectáculo; sin fuegos artificiales, pero con brasas ardientes. Eso sucede cuando nos sabemos, en cada momento, mirados con un cariño nuevo. Porque a Dios no le importa lo normal que sea mi vida: es mía y eso es suficiente para él. Dios, de hecho, me ofrece la oportunidad de hacer de mi vida algo excepcionalmente singular y especial; él no sabe contar más que de uno en uno. Nunca hace comparaciones entre sus hijos. Nos ha llamado a cada uno desde antes de la creación del mundo (cfr. Ef 1,4): no hay nadie igual a mí y, por eso, soy irrepetible. Todo el amor de Dios está volcado sobre mí.

Los mimos parecen monótonos
Ese espacio de normalidad en el que el Señor actúa hace posible que nuestra vida esté, como dice san Pablo, «escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3); llena de días iguales en los que aparentemente no pasa nada. Y, sin embargo, está sucediendo lo más inaudito. «En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”». Desde fuera podría parecer que la monotonía se ha apoderado de quien busca vivir esa santidad en las cosas ordinarias. Pero san Josemaría desenmascaraba esa visión superficial comparando las pequeñas y constantes costumbres de piedad con los mimos que una madre tiene con su hijo pequeño: «Plan de vida: ¿monotonía? Los mimos de la madre, ¿monótonos?

¿No se dicen siempre lo mismo los que se aman?». Además, por su parte, Dios no deja de pensar en nosotros ni de amarnos en ningún instante; no importa qué tan normal es nuestra vida. Lo que importa es que para él es excepcional.

San Bernardo de Claraval escribía al Papa Eugenio III, gran amigo suyo, para animarle a no descuidar la vida de oración constante y evitar así verse absorbido por las actividades que debía cumplir en su nuevo ministerio: «Sustráete de las ocupaciones al menos algún tiempo. Cualquier cosa menos permitirles que te arrastren y te lleven a donde tú no quieras. ¿Quieres saber a dónde? A la dureza del corazón». Sin unas costumbres de piedad concretas, diarias, el corazón tiene el peligro de cerrarse al amor de Dios y de volverse duro. Sin su cariño, hasta lo más santo puede perder el sentido. Sin él a nuestro lado, enseguida nos quedamos sin fuerzas.

Por las notas para una plática que dio en mayo de 1936, sabemos de una petición a Dios que san Josemaría proponía entonces a quienes le escuchaban: «Gracia para cumplir mi plan de vida de tal modo que aproveche bien el tiempo. ¿Por qué me acuesto y me levanto fuera de hora?». Ante lo cual podría surgir en nosotros la pregunta: ¿Y qué tiene que ver el amor de Dios con la hora de irse a descansar? Esa es la maravilla de la normalidad de Dios. A él le importa, y mucho, nuestro sueño, nuestra salud, nuestros planes. Y, sobre todo, quiere que no nos asalte a última hora la inquietud por hacer más cosas de las que el día ha permitido, porque quien obra es siempre Dios.