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14 junio 2027

MI HIJO AMADO. Una voz imperceptible

MI HIJO AMADO (3 de 3)
Una voz imperceptible
Miguel Forcada

En el primer día de su ministerio, después de treinta años de vida oculta, Jesús desvela el estilo con el que ha venido a redimirnos. «Nos dice que él no nos salva desde lo alto, con una decisión soberana o un acto de fuerza, un decreto, no: él nos salva viniendo a nuestro encuentro y tomando consigo nuestros pecados. Es así como Dios vence el mal del mundo: bajando, haciéndose cargo. Es también la forma en la que nosotros podemos levantar a los otros: no juzgando, no insinuando qué hacer, sino haciéndonos cercanos, com-padeciendo, compartiendo el amor de Dios. La cercanía es el estilo de Dios con nosotros».

Por el cielo que se ha abierto, como por una fisura, Dios entra en nuestro mundo: «El Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,16-17)». Dios se revela en este instante con claridad como Trinidad Santa: Padre –en la voz–, Hijo –en la carne asumida– y Espíritu –en la figura de la paloma–. Un único Dios en una trinidad de personas.

No parece que, salvo Juan, los judíos allí presentes percibieran esta manifestación de Dios, pero el milagro estaba hecho y ya actuaba entre ellos. Muy probablemente aquellos hombres penitentes no aspiraran a tanto. Ellos solo esperaban el perdón de sus pecados, pero se les brindó mucho más: Dios no solo quería perdonarlos, quería tenerlos junto a sí, introducirlos en el misterio de su Trinidad de personas, que fueran sus íntimos. «Dios Padre, llegada la plenitud de los tiempos, envió al mundo a su Hijo Unigénito, para que restableciera la paz; para que, redimiendo al hombre del pecado, fuéramos constituidos hijos de Dios, liberados del yugo del pecado, hechos capaces de participar en la intimidad divina de la Trinidad».

A veces puede parecer que el misterio de la Trinidad es algo alejado de la vida de un cristiano. Pero volviendo a la escena del Jordán y viendo a Jesús salir de las aguas, recordamos que también nosotros salimos un día de las aguas del bautismo, hechos uno con Cristo –hijos en el Hijo–. También en ese momento descendió el Espíritu, con la promesa de la liberación definitiva, como la paloma representó para Noé la promesa de una nueva tierra. Y ese día resonó la voz del Padre sobre nosotros. Una voz que no oyeron los que asistían a nuestro bautismo. Pero una voz verdadera que dijo de nosotros, que ya estábamos unidos a Cristo, «este es mi Hijo amado, en quien me complazco». «Esta voz paterna, imperceptible al oído pero bien audible para quien cree, nos acompaña para toda la vida, sin abandonarnos nunca. Durante toda la vida el Padre nos dice: “Tú eres mi hijo amado, tú eres mi hija amada”».

Este milagro permanece en el alma de cada cristiano en gracia. En todo lo que hacemos, allá donde nos encontremos y con quien estemos, vamos con Cristo, nos inunda su Espíritu y el Padre nos guarda. Toda la vida de piedad del cristiano está orientada a que cobremos conciencia de esto, a adquirir esa contemplación en medio de todas nuestras actividades. «El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. (…) Queremos beber en ese manantial de agua viva. Sin rarezas, a lo largo del día nos movemos en ese abundante y claro venero de frescas linfas que saltan hasta la vida eterna. Sobran las palabras, porque la lengua no logra expresarse; ya el entendimiento se aquieta. No se discurre, ¡se mira! Y el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas».