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13 junio 2027

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO. Una libertad auténtica

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (5 de 6)
Una libertad auténtica
José Ignacio Murillo

San Josemaría concebía su labor «como una tarea encaminada a situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana. Ese modo de obrar y ese espíritu se basan en el respeto a la trascendencia de la verdad revelada, y en el amor a la libertad de la humana criatura. Podría añadir que se basa también en la certeza de la indeterminación de la historia, abierta a múltiples posibilidades, que Dios no ha querido cerrar».

Tomarse en serio la propia libertad, para quien no conoce a Cristo, es un camino para encontrar a Dios, pues pone en marcha una búsqueda que manifiesta las posibilidades de nuestra condición junto con sus evidentes limitaciones. Pero también quien ya ama a Dios, al ahondar de su mano en su condición de hijo libre y responsable, se pone en condiciones de entablar con Él una relación más profunda y verdadera.

Solo es acorde con la dignidad de los hijos de Dios que se sientan «libres como pájaros», que hagan lo que de verdad quieren, aun cuando, como Cristo, lo que se quiere pase por humillarse y someterse por amor. No se trata, por tanto, tan solo de que actuemos como si fuéramos libres: si queremos de verdad seguir a Jesús, hemos de buscar en nosotros esa fuente de libertad auténtica que es nuestra filiación divina y comportarnos de acuerdo con ella, de modo que alcancemos la libertad de espíritu, que «es esta capacidad y actitud habitual de obrar por amor, especialmente en el empeño de seguir lo que, en cada circunstancia, Dios le pide a cada uno».

Hacer pie en ella se traducirá en la espontaneidad y la iniciativa con que nos comportamos, y en que no nos dejamos atenazar por el miedo. Y es que la falta de libertad se revela a menudo en nuestra tendencia a movernos por miedo. Los teólogos denominan temor servil al de quien se aparta del pecado por temor al castigo. Este temor puede ser un inicio para volver a Dios, pero la vida cristiana no puede apoyarse en él, pues «el que teme no es perfecto en el amor» (1 Jn 4,19), y hemos de actuar «como quienes van a ser juzgados por la ley de la libertad» (St 2,12).

El miedo se puede manifestar en muchos ámbitos de nuestra vida. El que teme, aunque quiere el bien, tiene presente ante todo el mal del que desea huir. Por eso, cuando el miedo es el motor de nuestra conducta, fácilmente nos encogemos y complicamos hasta el punto de que se oscurecen los verdaderos motivos de nuestros actos y los bienes que perseguimos. En cambio, si amamos a Dios, si queremos amarlo, Él nos libera del miedo. Sabemos que todo coopera para el bien de los que aman a Dios (cfr. Rm 8,28), y esta convicción ahuyenta nuestros temores infundados y nos permite gustar plenamente la libertad de los hijos de Dios y actuar con alegría y responsabilidad.