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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (12 de 12)
Un círculo virtuoso
Julio Diéguez
En definitiva, orientar nuestra afectividad desarrollando las virtudes es aclarar nuestra mirada; es como limpiar las gafas de las manchas que el pecado original y los pecados personales han dejado en ellas y que nos dificultan ver el mundo como realmente es. «Digámoslo tranquilamente: la irredención del mundo consiste precisamente en la ilegibilidad de la creación, en la irreconocibilidad de la verdad; una situación que lleva necesariamente al dominio del pragmatismo y, de este modo, hace que el poder de los fuertes se convierta en el dios de este mundo».
Una afectividad ordenada ayuda a la razón a leer la creación, a reconocer la verdad, a identificar lo que verdaderamente nos conviene. Ese juicio correcto de la razón facilita la decisión voluntaria. El acto bueno que sigue a esa decisión contribuye a connaturalizarnos con el bien perseguido y, por tanto, a ordenar la afectividad. Es un auténtico círculo virtuoso que nos conduce a sentirnos progresivamente más libres, señores de los propios actos y, en consecuencia, nos capacita para entregarnos realmente al Señor, porque solo quien se posee puede entregarse.
La formación es integral solo cuando alcanza todos estos niveles. Dicho de otro modo, solo hay verdadera formación cuando las diversas facultades que intervienen en el actuar humano —la razón, la voluntad, la afectividad— están integradas: no pelean, sino que colaboran. Si no se alcanzara a modelar los afectos, es decir, si las virtudes se entendieran solo como una fuerza adicional en la voluntad, que la hace capaz de ignorar el nivel afectivo, las normas morales y la lucha con que tratamos de vivirlas serían represivas y no se alcanzaría una auténtica unidad de vida. Siempre experimentaríamos dentro de nosotros fuerzas que tiran poderosamente en sentidos contrarios y que generan inestabilidad. Una inestabilidad que conocemos bien, porque es nuestro punto de partida, pero que vamos superando paso a paso, a medida que conducimos esas fuerzas hacia la armonía, de modo que llegue el momento en que esa «razón más sobrenatural» que es «porque me da la gana», signifique: porque me gusta, porque me atrae, porque cuadra con mi modo de ser, porque encaja con el mundo interior que me he formado; en definitiva, porque he ido aprendiendo a hacer míos los sentimientos de Jesucristo.
Caminamos así hacia la meta, a la vez altísima y atractiva, que san Pablo nos señala: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5), y nos damos cuenta de que así nos revestimos del Señor Jesucristo (cfr. Rm 13,14). «La vida de Cristo es vida nuestra (…). El cristiano debe —por tanto— vivir según la vida de Cristo, haciendo suyos los sentimientos de Cristo, de manera que pueda exclamar con San Pablo, non vivo ego, vivit vero in me Christus (Gal 2,10), no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí». Y ya que la fidelidad consiste precisamente en esto, en vivir, en querer, en sentir como Cristo, no porque nos disfracemos de Cristo, sino porque sea ese nuestro modo de ser, entonces, al seguir la voluntad de Dios, al ser fieles, somos hondamente libres, porque hacemos lo que nos va, lo que nos gusta, lo que nos da la gana. Profundamente libres y profundamente fieles. Profundamente fieles y profundamente felices.