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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (11 de 12)
Realismo
Julio Diéguez
Lo que venimos diciendo muestra cómo el crecimiento en las virtudes nos va haciendo más y más realistas. Algunas personas tienen la idea —normalmente no formulada— de que vivir según las virtudes supone cerrar un ojo a la realidad; eso sí, por un motivo muy alto y porque de ese comportamiento, que implica cerrarse en parte a este mundo, esperamos un premio en el otro. Se trata de una idea reductiva. En realidad, vivir como Cristo, imitar sus virtudes, es lo que verdaderamente nos abre a la realidad, y no permite que nuestra afectividad nos engañe en el momento de valorarla y de decidir cómo responder a ella.
La pobreza, por ejemplo, no supone renunciar a considerar el valor de los bienes materiales en vista de la vida eterna. Es más, solo la persona que vive desprendida valora los bienes materiales en su justa medida: ni piensa que son malos, ni les concede una importancia que no tienen. Quien, en cambio, no se esfuerza en vivir así, acabará otorgándoles un valor mayor del que poseen y eso incidirá en sus decisiones: será poco realista, aunque aparezca ante otros como un auténtico hombre de mundo, que sabe moverse en ciertos ambientes. La persona sobria sabe disfrutar de una buena comida; la que no lo es, en cambio, otorga a ese placer una importancia de la que objetivamente carece. Algo similar se podría decir de cualquier otra virtud. Como Jesús dijo a Nicodemo: «El que obra según la verdad viene a la luz» (Jn 3,21).