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LA ORACIÓN QUE HACE MEMORIA (3 de 4)
Como atraídos por la fuerza de un imán
Rubén Herce
Hacer memoria en la oración es mucho más que un simple recuerdo: tiene que ver con el concepto de memorial propio de la religión de Israel; es decir, se trata de un acontecimiento salvífico que trae hasta el momento presente la obra de la redención. La oración memoriosa es un conversar nuevo sobre lo ya conocido, un recuerdo del pasado que se percibe otra vez de manera presente. Los episodios centrales de nuestra relación con Dios los entendemos y los vivimos de manera diferente cada vez. Así le sucedió quizá a Isabel cuando, desde su maternidad recién adquirida, percibió de modo nuevo a qué la destinaba Dios.
Con el paso de los años, al compás de nuestra entrega y de nuestras resistencias, el Señor va mostrándonos las distintas profundidades de su misterio. Él quiere llevarnos muy alto, como en una espiral que va ascendiendo lentamente, dando vueltas y más vueltas. Es cierto que podemos no ascender y permanecer trazando círculos en horizontal, o que podemos también descender estrepitosamente o incluso salirnos por la tangente y abandonar el trato con nuestro Creador…, pero él no ceja en su empeño por llevarlo a cabo: el suyo es un plan de elección y de justificación, de santificación y de glorificación (cfr. Rm 8,28−30).
Como tantos autores, san Josemaría describe ese proceso con enorme realismo y belleza. El alma se va «hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto». Cuando meditamos los misterios de la filiación divina, la identificación con Cristo, el amor a la voluntad del Padre, el afán de corredención… e intuimos que todo aquello es un don del Espíritu Santo, calibramos mejor nuestra deuda con él. Y entonces crece impetuosamente en nosotros el agradecimiento. Nos despertamos a sus mociones, que son mucho más frecuentes de lo que pensamos: «Son, pueden muy bien ser, fenómenos ordinarios de nuestra alma: una locura de amor que, sin espectáculo, sin extravagancias, nos enseña a sufrir y a vivir».
Así, con asombro, se nos va desvelando la inmensidad del amor que hemos recibido de Dios durante toda nuestra vida: día tras día, año tras año… ¡desde el seno materno! «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Sobrecogidos, nos descubrimos inmersos en un amor fascinante, cuidadoso, desarmante. Así le sucede a Isabel: «Se ha fijado en mí para quitar mi oprobio ante la gente» (Lc 1,25). Tras años de oscuridad, toma conciencia de ser amada de manera infinita por quien es la fuente de todo amor; y esto de una manera que ni se merece, ni es capaz de valorar del todo, ni alcanza a corresponder: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1,43); ¿cómo es posible que Dios me ame tanto? Y también, con algo de desconcierto y de dolor: ¿cómo no me había dado cuenta antes? ¿En qué estaba pensando?
Toda buena oración prepara el corazón para saber qué pedir (cfr. Rm 8,26) y para recibir lo que pedimos. Poner un poco de amor a Dios en cada detalle de piedad, grande o pequeño, facilita el camino. Tratar a Jesucristo por su nombre, cariñosamente, expresándole nuestro afecto sin pudor, acerca el momento. Debemos insistir y responder con prontitud a los pequeños toques del amor. Hacer «memoria de las cosas bellas, grandes, que el Señor ha hecho en la vida de cada uno de nosotros», pues una oración memoriosa «hace mucho bien al corazón cristiano». Por eso san Josemaría en su predicación solía recomendar: «Que cada uno de nosotros medite en lo que Dios ha realizado por él».