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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (7 de 12)
Querer el bien
Julio Diéguez
El primero es que el bien hacia el que la voluntad se mueve —y con el que se crea la connaturalidad— puede ser muy distinto del que se percibe desde fuera. Dos personas que realizan un mismo encargo pueden estar haciendo dos cosas muy distintas: una puede estar sencillamente intentando no quedar mal ante quien se lo ha encomendado, mientras la otra tiene la intención de servir. La segunda está formando una virtud y la primera no, porque el bien que persigue y con el que se configura es el de evitar quedar mal ante la autoridad. Es cierto, sin embargo, que esa actuación puede suponer un paso adelante respecto a una actitud precedente (negarse a hacerlo), pero mientras no sea seguida de pasos ulteriores, no estará formando la virtud, por numerosas que sean las repeticiones del acto. Por eso es tan importante rectificar, purificar constantemente la intención para ir progresivamente apuntando a los motivos por los que realmente vale la pena hacer algo, y así configurarnos afectivamente con ellos.
Todos tenemos experiencia, propia o ajena, de cómo limitarse a respetar unas reglas acaba fácilmente convirtiéndose en un peso. El ejemplo del hijo mayor de la parábola nos previene de ese peligro (cfr. Lc 15,29-30). Al mismo tiempo, buscar sinceramente el bien que las reglas tratan de promover nos alegra y nos libera. En definitiva, podríamos decir que no forma el hacer, sino el querer: no solo importa lo que hago, sino también lo que quiero cuando lo hago. La libertad es, pues, decisiva: no basta hacer algo, hay que querer hacerlo, hay que hacerlo «porque nos da la gana, que es la razón más sobrenatural», porque solo así formamos la virtud, es decir, aprendemos a disfrutar del bien. Un mero cumplimiento, que se traduzca en «cumplo y miento», no promueve la libertad, ni el amor, ni la alegría. En cambio, sí los promueve entender por qué una actuación determinada es grandiosa y vale la pena, y dejarse guiar por esas razones al actuar.