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LAS DIFICULTADES EN LA ORACIÓN (1 de 5)
Jon Borobia
Aproximadamente seis siglos antes del nacimiento de Jesús, el pueblo judío se encontraba dominado por Babilonia. Muchos habían sido llevados prisioneros a tierra extranjera. Las antiguas promesas parecían desvanecerse. La tentación de pensar que todo había sido un engaño era muy insidiosa. En este contexto, surgen textos proféticos sobre la liberación del pueblo y, especialmente, oráculos de mucha hondura espiritual en los que Dios manifiesta su cercanía en todo momento. «No temas», les repite una y otra vez: «Si atravesaras por aguas, estaría contigo; si por ríos, no te anegarían. Si caminaras por el fuego, no te quemaría, ni te abrasarían las llamas (…). No temas, que yo estoy contigo (…). Traedme a mis hijos desde lejos y a mis hijas desde los confines de la tierra» (Is 43,1−6).
Un estribillo constante
Esta llamada a confiar en Dios, ese consuelo en medio de las inquietudes de la vida, no desaparece en el Nuevo Testamento. Algunas veces el Señor se sirve de sus ángeles, como el día en que Zacarías, esposo de santa Isabel, entró a ofrecer incienso al santuario. «No temas, porque tu oración ha sido oída» (Lc 1,13), le dice el ángel. Los mensajeros de Dios habían llevado un anuncio similar tanto a san José, que no sabía si recibir o no a María en su casa (cfr. Mt 1,20), como a los pastores, que Dios quería como primeros adoradores del niño Jesús recién nacido (cfr. Lc 2,10). Esta y otras muchas ocasiones son una muestra de que el Señor siempre quiere acompañarnos en las decisiones importantes de nuestra existencia, aunque a veces su presencia pueda ser menos palpable.
Pero no solo los profetas y los ángeles son portadores de ese no temas. El mismo Dios se hizo hombre continúa personalmente ese estribillo en medio de los caminos de Israel. Con esas mismas palabras, por ejemplo, Jesús anima a sus oyentes a no dejarse invadir por la incertidumbre del alimento o del vestido, sino a preocuparse sobre todo del Reino de Dios (cfr. Mt 10,31); también Cristo quiere llevar paz al jefe de la sinagoga, que estaba por perder a su hija, pero que no había perdido su fe (cfr. Mt 5,36); o dar sosiego a sus apóstoles cuando, tras una noche de tormenta, lo ven acercarse caminando sobre las aguas (cfr. Jn 6,19); o tranquilizar a Pedro, Juan y Santiago, que vieron su gloria en el Tabor (cfr. Mt 17,7). Dios busca siempre salir al paso de ese temor, natural ante las manifestaciones ordinarias o extraordinarias de sus acciones.
También san Josemaría notaba esa reacción divina al recordar un acontecimiento especial en su vida interior. Un día de verano del año 1931, mientras celebraba la santa Misa, comprendió de un modo especialmente claro que serían hombres y mujeres corrientes quienes levantarían la cruz de Cristo en todas las actividades humanas. «Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después, viene el ne timeas!, soy Yo». Ese temor no se da solamente ante esas acciones singulares de la gracia. Se presenta también, de diversas maneras, en la vida cristiana ordinaria. Por ejemplo, cuando Dios nos hace vislumbrar la grandeza de su amor y de su misericordia, cuando comprendemos un poco mejor la profundidad de su entrega en la cruz y en la Eucaristía, o cuando experimentamos la invitación a seguirle más de cerca... y nos inquietamos acerca de las consecuencias que esas gracias pueden tener en nuestra vida.