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19 abril 2027

UN VIAJE A LA VOLUNTAD DEL PADRE. Sufrimiento de Jesús

UN VIAJE A LA VOLUNTAD DEL PADRE (3 de 4)
Sufrimiento de Jesús
Eduardo Baura

Mientras tanto… ¿qué ha pasado con Jesús? El niño ha tomado la resolución de quedarse en el Templo. Durante el día pregunta y habla con los maestros de Israel, hasta que se hace tarde. El Evangelio no nos dice dónde ni cómo pasó aquellas noches en las que José y María le buscaban. Quizá fue a alojarse al mismo sitio donde había estado los días precedentes, o tal vez fue invitado por algún rabí a permanecer con su familia. Muy probablemente era la primera vez que pasaba una noche fuera de la compañía de sus padres. Solo esto para un niño de doce años es ya algo relevante. Pero, en este caso, Jesús sabía además que sus padres empezarían a buscarlo sin encontrarlo.

El niño es Dios… y es también perfecto hombre. El corazón de Jesús es el corazón humano de un Dios que es Amor. Cristo, como hombre, tiene una sensibilidad humana perfecta: la sensibilidad de un niño de doce años que sabe que sus padres están angustiados buscándole. Más tarde demostrará tener un corazón que hace suyo el dolor ajeno: resucita a un muerto al ver llorar a aquella viuda que acaba de perder su hijo único (cfr. Lc 7,11-16); se compadece de las gentes porque las ve como ovejas sin pastor (cfr. Mt 9,36); se conmueve ante la generosidad de una mujer pobre que echa en el gazofilacio todo lo que tiene (cfr. Mt 12,41-44); llora ante la muerte de su amigo Lázaro y el sufrimiento de sus hermanas (cfr. Jn 11,35).

Quien años más tarde llorará por Jerusalén y por su amigo Lázaro, ¿no habría sufrido de algún modo también con la separación que experimentaron sus padres? No ha habido ni habrá ningún niño que haya querido más a sus padres de lo que Jesús amaba a su Madre y a José. Podemos pensar que le dolería saber que sus padres estaban apenados y llorando. Con todo, no era la primera vez que el claroscuro de los planes de Dios se hacía presente en las vidas de José y de María.

Esa ocasión tampoco sería la última vez que Jesús sufriría por cumplir la voluntad de su Padre. Durante los cuarenta días en el desierto rechazó los caminos que el diablo le iba poniendo por delante, porque se alejaban de lo que el Padre había pensado para él (cfr. Mt 4,1-11). Más adelante volvería a experimentar la soledad cuando los discípulos le abandonaron, al no entender en qué consistía esa voluntad (cfr. Jn 6,60-66). Y antes de la pasión lo vemos en agonía con el rostro en tierra suplicando a su Padre que aparte de él el cáliz, pero rezando: «No se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42).

«Es el alimento de Jesús, y es también el camino del cristiano. Él abrió camino para nuestra vida; y no es fácil hacer la voluntad de Dios, porque cada día se nos presentan en una bandeja muchas opciones: haz esto que está bien, no es malo». Por eso, podríamos preguntarnos: «¿Es la voluntad de Dios? ¿Cómo hago para cumplir la voluntad de Dios? He aquí, por lo tanto, una sugerencia práctica: ante todo, rezar y pedir la gracia de querer hacer la voluntad de Dios».