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UN VIAJE A LA VOLUNTAD DEL PADRE (2 de 4)
Sufrimiento de María y José
Eduardo Baura
El nerviosismo inicial de la partida da paso a la serenidad, una vez que la caravana consigue salir de Jerusalén. José y María pueden finalmente descansar un rato después de tanto ajetreo. José piensa que Jesús se encuentra con su madre, pues todavía tiene esa edad que le permite ir con ella; María, por su parte, supone que se encuentra yendo de arriba para abajo con sus amigos, como quizá siempre había hecho. Pero al llegar la tarde se dan cuenta de que Jesús no aparece. Comienzan entonces a preguntar a los distintos grupos: «¿Habéis visto a Jesús? ¿Sabéis dónde puede estar?». Después de dirigirse a sus amigos comienzan a intuir la tragedia: nadie le ha visto en todo el día. Todo parece indicar que se ha quedado en Jerusalén.
Para unos padres perder a un niño es algo terrible. «¿Qué le habrá pasado? ¿Con quién estará?». En las almas santas de María y José entra de lleno la angustia. En ese momento quizá se sintieron negligentes en la misión recibida de Dios. La armonía que hay en ese matrimonio se manifiesta también en esta hora tan dura y quizá cada uno intenta consolar y disculpar al otro. «Llora María. (…) José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también». Tienen el alma partida de dolor, pero no se detienen en inútiles pensamientos de tristeza paralizante: toman sus cosas y deciden sobre la marcha regresar a Jerusalén para buscar a Jesús.
Dios permite la prueba y al mismo tiempo ofrece siempre su gracia. En ocasiones, de una manera o de otra, las personas pasan por momentos de dificultad en los que les parece que se están alejando de Dios. Son tiempos duros, en los que se sufre. La sospecha de no agradar al Señor hace que se padezca terriblemente. El sufrimiento de la Virgen y de José por la pérdida de Jesús es superior al que hayan podido pasar otros santos, porque… ¿quién puede medir el amor de María y de José por Jesús? ¿Puede haber en la historia padres que hayan amado a sus hijos como ellos querían a Jesús? A los dos, concretamente, les pesa además la responsabilidad recibida de Dios de ser los custodios del Salvador. Y tienen que pasar dos largas noches, en las que no consiguen descansar, y un día entero con esta angustia, sin saber cuáles serán los planes de Dios. Quizá María, y también José, se acuerda de la profecía de Simeón: «Una espada traspasará tu alma» (Lc 2,35).
«Si un día nos ocurriera una cosa de este estilo, perder a Jesucristo, que tengamos la humildad de reconocer que nos hemos equivocado, y queramos volver a andar por la senda que él nos ha marcado. Eso no sucederá; pero, si alguna vez sucediere, todos te pedimos, unánimemente, el sentido de responsabilidad; y la alegría de la vuelta, de la entrega, de la lucha, de la victoria; porque Dios no pierde batallas y, si nos unimos a Dios Nuestro Señor, podemos volver al buen sendero, y seguir adelante, triunfadores».