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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (8 de 12)
Una formación de largo alcance
Julio Diéguez
El segundo punto que conviene considerar es que el proceso de connaturalización afectiva con el bien es ordinariamente lento. Si la virtud consistiera solo en la capacidad de superar la resistencia afectiva para hacer el bien, podríamos alcanzarla en un tiempo mucho más corto. Sin embargo, ya sabemos que la virtud no está formada mientras el bien no tenga un reflejo positivo en la afectividad. Consecuencia de esto es la necesidad de ser paciente en la lucha, porque alcanzar algunos de los objetivos que vale la pena proponerse puede requerir un tiempo largo, quizás años. La resistencia al acto bueno que seguiremos experimentando durante ese tiempo no hemos de interpretarla como un fracaso, o como señal de que nuestra lucha no es sincera o es poco decidida. Se trata de un camino progresivo, en el que cada paso es ordinariamente pequeño y casi imperceptible. Solo después de un cierto tiempo, mirando hacia atrás, advertiremos que hemos recorrido más camino del que nos parecía.
Si, por ejemplo, tenemos reacciones de ira que querríamos superar, comenzaremos esforzándonos por reprimir sus manifestaciones externas. Quizás al principio nos parecerá que no conseguimos nada, pero si somos constantes, las ocasiones en que vencemos —inicialmente escasas— irán haciéndose más y más frecuentes y, al cabo de un tiempo —quizá largo—, llegaremos a conseguirlo de modo habitual. Con todo, eso no basta, pues nuestra meta no era reprimir unas manifestaciones externas, sino modelar una reacción interna, es decir, ser más mansos y pacíficos, de modo que esa reacción más serena sea la propia de nuestro modo de ser. La lucha es, por tanto, mucho más larga, pero ¿quién podría negar que es mucho más bonita, liberadora e ilusionante? Es una lucha que apunta a alcanzar una paz interior en la búsqueda y puesta en práctica de la voluntad de Dios, y no al mero sometimiento violento de los sentimientos.
Al explicar el principio de que el tiempo es superior al espacio, el Papa Francisco señala que «darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios». En la vida interior, vale la pena poner en marcha procesos realistas y generosos, y es preciso esperar a que produzcan sus frutos. «Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite». Nos interesa mucho, efectivamente, que la conciencia de nuestra limitación no paralice la aspiración a la plenitud que Dios nos ofrece. Como nos importa también que esta noble ambición no ignore ingenuamente que somos limitados.