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9 marzo 2027

ABRAZAR LA CONDICIÓN DE HIJOS. La libertad del hogar

ABRAZAR LA CONDICIÓN DE HIJOS (4 de 4)
La libertad del hogar
Jaime Moya

El padre escucha con creciente tristeza las amargas protestas de su hijo mayor. Presta atención a cada una de sus recriminaciones. Le duele que su hijo amado entienda su relación con él solo en términos legales de estricta obediencia y retribución; que no haya visto el tiempo pasado en casa como una fuente de alegría. Este «puede ser también nuestro problema, nuestro problema entre nosotros y con Dios: perder de vista que es Padre y vivir una religión distante, hecha de prohibiciones y deberes».

En cualquier caso, el padre decide no recriminarle su perspectiva, ni criticar su visión legalista. Tampoco minusvalora su dedicación y entrega, su fidelidad innegable y constante. No le dice: «No esperaba menos de ti», ni «Es lo que tenías que hacer». En cambio, lo que le propone es un nuevo modo de mirar su presencia en la casa paterna y de entender lo que realmente vale la pena: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Vivir con libertad en el hogar de su padre, disfrutar de su condición de hijo, es mucho más grande que cualquier ternero cebado.

«No es emancipándonos de la casa del Padre como somos libres, sino abrazando nuestra condición de hijos». El hijo mayor, al añorar la vida de su hermano y menospreciar su propia fidelidad, está rechazando su verdad más íntima. Se encuentra, en definitiva, en conflicto consigo mismo. «Por eso, qué liberador es saber que Dios nos ama; qué liberador es el perdón de Dios, que nos permite volver a nosotros mismos, y a nuestra verdadera casa. Al perdonar a los demás, en fin, experimentamos también esa liberación».
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Jesús concluye la parábola abruptamente. Los fariseos y los escribas le miran intrigados, expectantes por saber cómo terminará esta historia. Muchos se han percatado de las coincidencias entre las tres parábolas: mientras la oveja y el hijo menor se pierden lejos del rebaño y del hogar, la dracma y el hijo mayor, aun estando en casa, están también perdidos. Y Dios actúa como el pastor, como la mujer, como el padre.

Algunos oyentes entienden por qué el Señor no cuenta las reacciones de los hijos. ¿Qué hizo el hijo menor al verse sobrepasado por la bondad del Padre? ¿Entraría el hijo mayor en la fiesta o se alejaría de la casa? Los publicanos y pecadores ya han respondido. Ahora les toca a los fariseos y escribas aceptar o rechazar la invitación de Jesús.