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BUSCADORES DE DIOS (4 de 4)
Un acto de justicia
Miguel Forcada
«Entrando en la casa, vieron al niño con María, su madre, y postrándose le adoraron» (Mt 2,11). Aquellos hombres sabios se arrodillaron ante un recién nacido. Ahí, en el pesebre, se encontraba el rey. Ya no tenían que buscarlo entre las constelaciones del firmamento: lo tenían delante, cercano, hecho niño.
Todo lo que habían vivido las últimas semanas –la ilusión al ver la estrella, la fatiga del viaje, las dudas al llegar a Jerusalén– adquiría su sentido ante la presencia de ese rey. El deseo por conocer a Dios, que les hizo dejar su hogar, les llevó a la adoración. Experimentaron cómo Jesús había sanado sus anhelos más profundos. Quizá tiempo atrás sus vidas giraban en torno a la satisfacción de otras necesidades más inmediatas: el prestigio social, la riqueza, la comodidad… Pero en ese instante descubrieron que lo único importante es dar gloria a Dios. «Nuestro tesoro –decía san Josemaría– está aquí, reclinado en un pesebre; es Cristo y en él se han de centrar todos nuestros amores, porque donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro corazón (cfr. Lc 12,34)».
Los magos, que ya han entrado en esa lógica vital que va más allá de las necesidades primarias, le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra. Probablemente a María y José les habría resultado más útil otro tipo de presentes; algo que sirviera para combatir el frío o alimentar al niño. En aquel momento no tenían urgencia de incienso y mirra, y quizá tampoco el oro podía ayudarles inmediatamente. Sin embargo, «estos dones tienen un significado profundo: son un acto de justicia. De hecho, según la mentalidad vigente en aquel tiempo en Oriente, representan el reconocimiento de una persona como Dios y rey: es decir, son un acto de sumisión. Quieren decir que desde aquel momento los donadores pertenecen al soberano y reconocen su autoridad.
María se sorprende al ver entrar bajo su techo esa comitiva. Acostumbrada a meditar en su corazón lo que le ocurre, quizá le viene a la mente aquella profecía: «Entonces, mirarás y te pondrás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, pues la abundancia del amor se volcará sobre ti, llegará a ti la riqueza de las naciones. Te cubrirá una multitud de camellos, dromedarios de Madián y Efá, todos vendrán de Sabá cargados de oro e incienso, y pregonando alabanzas al Señor» (Is 60,5-6). Ella, que en Belén no es más que una mujer nazarena, aquella que tuvo que dar a luz en un establo, ve cómo se postran esos sabios y miran a su hijo. Siente palpitar su corazón inmaculado viendo, por primera vez, a hombres paganos, venidos de lejos, adorar a su hijo como Dios verdadero.
Un silencio intenso llena la pequeña estancia. Solo, quizá, los alegres sonidos de la criatura que ella sostiene rompen ese silencio, y enamoran más profundamente el corazón de los magos. No esperaban esto, pero la luz de la fe les abre los ojos. No tienen palabras ni conceptos para explicar que ese niño que les mira, que juguetea con los dedos de su madre, es su rey, su Dios. Pero es así. Y le adoran.
Ellos, que son buscadores de Dios, acostumbrados a entreverlo en el cielo y en la creación, ahora tienen ante sí a la sabiduría divina, misteriosa, escondida. Y la tienen hecha hombre. La Sabiduría les mira, les hace pucheros y les sonríe. Tal vez, en las manos de su madre, el más atrevido de ellos, inclinándose, deja un beso. Y por vez primera un corazón reza con estas palabras: Sedes Sapientiae!