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LA ORACIÓN QUE HACE MEMORIA (2 de 4)
Momento de recordar
Rubén Herce
Tal vez la misma Isabel había mantenido encendida la llama de la oración del viejo Zacarías, hasta que a su marido finalmente se le apareció un ángel: a ella, a la que llamaban estéril, el Señor le daría un hijo «porque para Dios no hay nada imposible» (Lc 1,36). Así, dejándose llevar per aspera ad astra —tras una imprescindible tarea de purificación que él realiza en quien se deja— Isabel llegó al exclamar en oración lo que, pasados tantos años, nosotros continuamos repitiendo diariamente: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1,42).
Saber que nuestro camino hacia Dios trae consigo una identificación profunda con la cruz es esencial para darnos cuenta de cómo es en realidad un avance lo que a veces parece simple estancamiento. Así, en lugar de vivir esperando tiempos mejores, o una oración más conforme a nuestros gustos, aceptaremos con agradecimiento el alimento que Dios nos quiere dar: «Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que existen muchas ofertas de alimento que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más. Algunos se nutren con el dinero, otros con el éxito y la vanidad, otros con el poder y el orgullo. Pero el alimento que nos nutre verdaderamente y que nos sacia es solo el que nos da el Señor. El alimento que nos ofrece el Señor es distinto de los demás, y tal vez no nos parece tan gustoso como ciertas comidas que nos ofrece el mundo. Entonces soñamos con otras comidas, como los judíos en el desierto, que añoraban la carne y las cebollas que comían en Egipto, pero olvidaban que esos alimentos los comían en la mesa de la esclavitud. Ellos, en esos momentos de tentación, tenían memoria, pero una memoria enferma, una memoria selectiva. Una memoria esclava, no libre». Por eso conviene que nos preguntemos: ¿De dónde quiero comer? ¿Cuál es mi memoria? ¿La del Señor que me salva, o la de la carne, los ajos y las cebollas de la esclavitud? ¿Con qué memoria sacio mi alma? ¿Quiero comer alimento sólido o seguir alimentándome de leche? (Cfr. 1 Co 3,2).
En la vida puede surgir la tentación de mirar atrás y de desear, como sucedía a los israelitas, los ajos y las cebollas de Egipto. El maná, un alimento que en su momento percibieron como bendición y signo de protección (cfr. Nm 21,5), llegó a cansarlos. Puede ocurrirnos lo mismo a nosotros, sobre todo si nos enfriamos, a base de desatender el abecedario elemental de la oración: buscar el recogimiento, cuidar los detalles de piedad, elegir el mejor tiempo, ser cariñosos… Es entonces, con más motivo, el momento de recordar, de hacer memoria, de buscar en la oración y en las lecturas espirituales ese alimento sólido del que habla san Pablo, un alimento que abre horizontes de vida.