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LA ORACIÓN A CÁMARA LENTA (5 de 7)
Una hoguera encendida: diálogo
José Manuel Antuña
Esa conexión inicial antecede al núcleo de la oración, a ese «diálogo con Dios, de corazón a corazón, en el que interviene toda el alma: la inteligencia y la imaginación, la memoria y la voluntad». Si volvemos a aquel amanecer en el que los discípulos continuaban sorprendidos por la milagrosa pesca, Jesús enciende un fuego para calentar lo que ha preparado. Podemos imaginar cómo lo haría, sorteando los posibles escollos para que el fuego cogiera cuerpo. De la misma manera, si consideramos la oración como una pequeña hoguera que deseamos ver crecer, en primer lugar necesitamos encontrar un combustible adecuado.
El combustible que alimenta la hoguera es ordinariamente el conjunto de tareas que tenemos entre manos y nuestras propias circunstancias personales: el tema del diálogo es nuestra vida. Nuestras alegrías, tristezas y preocupaciones, son el mejor resumen de lo que llevamos en el corazón. Con palabras sencillas, nuestra conversación va pegada al terreno del acontecer diario, como podemos imaginar que sucedió en el desayuno pascual. Incluso, en no pocas ocasiones, comenzará con un: «Señor, ¡que no sé!». Asimismo, la oración cristiana no se limita a abrir la propia intimidad a Dios, ya que de un modo especial alimentamos la hoguera con la misma vida de Cristo. Hablamos con Dios también de él, de su paso por la tierra, de sus deseos de redención. Junto a todo esto, nos sentimos responsables de nuestros hermanos: «El cristiano no deja el mundo fuera de la puerta de su habitación, sino que lleva en su corazón personas y situaciones, los problemas, tantas cosas».
A partir de aquí, cada uno buscará maneras de orar que le vengan mejor. No existen reglas fijas. Indudablemente seguir un cierto método nos permite saber qué hacer hasta que experimentemos la iniciativa de Dios. Así, por ejemplo, Hay personas a las que les sirve tener un plan flexible de oración a lo largo de la semana. En ocasiones, escribir lo que decimos ofrece muchas ventajas para no distraernos. La oración será de una manera en periodos de trabajo intenso y de otra en épocas más pacíficas; también irá acompasada al tiempo litúrgico en el que se encuentra la Iglesia. Hay muchos caminos que se nos abren: zambullirnos en la contemplación del Evangelio buscando la Humanidad Santísima del Señor o meditar un tema acompañados de un buen libro, conscientes de que la lectura facilita el examen; habrá días de más petición, alabanza o adoración; otras veces rezar con sosiego jaculatorias será un buen sendero, particularmente en momentos de agitación interior; y habrá también las ocasiones en que nos quedaremos callados, sabiéndonos mirados cariñosamente por Cristo o por María. Al final, sea cual sea el camino por el que nos haya llevado el Espíritu Santo, todo nos conducirá a «conocerle y conocerte».