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14 marzo 2027

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO. Gozar con la práctica de las virtudes

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (4 de 12)
Gozar con la práctica de las virtudes
Julio Diéguez

La formación de las virtudes requiere lucha, vencer la propia inclinación cuando se opone a los actos buenos. Esta es la parte de verdad que contiene el concepto reductivo —voluntarista— de virtud, al que nos referíamos antes. Pero la virtud no consiste en esa capacidad de oponerse a la inclinación, sino más bien en la formación de la inclinación. El objetivo no es, pues, ser capaces de dejar habitualmente a un lado la afectividad para poder guiarse por una regla externa, sino más bien formar la afectividad de modo que seamos capaces de gozar en el bien que realizamos. La virtud consiste precisamente en ese gozo en el bien, en la formación —digámoslo así— del buen gusto: «[Dichoso el hombre] que se complace en la Ley del Señor, y noche y día medita su Ley» (Sal 1,2). En definitiva, la virtud es la formación de la afectividad, y no el hábito de oponerse sistemáticamente a ella.

Mientras la virtud no está formada, la afectividad puede plantear una resistencia al acto bueno, que habrá que vencer. Con todo, el objetivo no es simplemente conseguir vencerla, sino más bien desarrollar el gusto por ese comportamiento. Cuando se posee la virtud, el acto bueno puede seguir costando, pero se hace con alegría. Pongamos algún ejemplo. Levantarnos puntualmente por la mañana —«el minuto heroico»— es algo que probablemente nos costará siempre: quizá no llegue el día en que al sonar el despertador no nos apetezca permanecer un rato más en la cama. Sin embargo, si nos esforzamos habitualmente en vencer la pereza por amor a Dios, llega el momento en que hacerlo nos alegra, mientras que ceder a la comodidad nos desagrada, nos deja un mal sabor de boca. Paralelamente, a una persona justa, llevarse un producto del supermercado sin pagar no solo le resulta prohibido, sino también feo, desagradable, discordante con sus disposiciones, con su corazón. Esta configuración de la afectividad, que genera la alegría ante el bien y el disgusto ante el mal, no es una consecuencia colateral de la virtud, sino un componente esencial de ella. Por eso la virtud nos hace capaces de disfrutar del bien.

No es esta una idea meramente teórica. Al contrario, tiene una gran incidencia práctica saber que cuando luchamos no estamos acostumbrándonos a fastidiarnos, sino aprendiendo a disfrutar del bien, aunque de momento eso exija ir contra corriente. De este modo, la formación de las virtudes hace que las facultades y los afectos aprendan a centrarse en lo que verdaderamente puede satisfacer las aspiraciones más profundas, y otorguen lugares secundarios —siempre subordinados a los principales— a lo que simplemente está en el orden de los medios. En última instancia, formarse en las virtudes es aprender a ser feliz, a gozar de y con lo grandioso; es, en definitiva, prepararse para el Cielo.