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PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (2 de 12)
Formarse para entrar en sintonía con Cristo
Julio Diéguez
Algunas personas tienden a considerar la formación como un saber. Así, tendría buena formación quien a lo largo de su vida ha recibido buenos contenidos doctrinales, ascéticos, profesionales, etc. Sin embargo, llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación, más bien, como un ser. Un buen profesional conoce la ciencia y la técnica que requiere su profesión, pero tiene algo más. Ha desarrollado hábitos —modos de ser— que le disponen a aplicar bien esa ciencia y esa técnica que posee: hábitos de atención a los demás, de concentración en el trabajo, de puntualidad, de digerir éxitos y fracasos, de perseverancia, etc.
Del mismo modo, ser un buen cristiano no consiste simplemente en conocer —al nivel adecuado a la propia situación en la Iglesia y en la sociedad— la doctrina sobre los sacramentos, o sobre la oración, o sobre las normas morales generales y profesionales. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo para conocer su anchura, su profundidad (cfr. Ef 3,18), dejar que su Vida entre en la nuestra, y poder repetir con san Pablo que «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,20). Es decir, consiste en ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo, dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él. Ese dejar actuar a la gracia no es algo meramente pasivo; no consiste solo en evitar poner obstáculos, ya que el Espíritu Santo no nos transforma en Cristo sin nuestra cooperación libre, voluntaria. Pero tampoco esto último basta: entregarnos al Señor, darle nuestra vida, no es solamente darle nuestras decisiones, nuestros actos; es también darle nuestro corazón, nuestros afectos, incluso nuestra espontaneidad. Para eso es imprescindible una buena formación intelectual y doctrinal que configure la cabeza, que incida en nuestras decisiones, pero es también necesario que esa doctrina cale y llegue a nuestro corazón. Y esto requiere lucha… y requiere tiempo. Dicho de otro modo, es necesario adquirir virtudes, y precisamente en eso consiste la formación.
No es raro encontrarse con personas que temen que la insistencia en las virtudes acabe conduciendo al voluntarismo. Nada más lejos de la realidad. Quizá, en la raíz de esta confusión se encuentre una visión errada de la virtud. Esta se considera un simple suplemento de fuerza en la voluntad, que hace a quien la posee capaz de cumplir la norma moral, incluso cuando se opone a la propia inclinación. Se trata de una idea bastante difundida y, efectivamente, de origen voluntarista. La virtud consistiría entonces en la capacidad de ir contra la corriente de las propias inclinaciones cuando la norma moral así lo requiere. Naturalmente, hay algo de verdad en esto. Sin embargo, se trata de una visión incompleta, que transforma las virtudes en cualidades frías, que llevarían a la negación práctica de las propias inclinaciones, intereses y afectos y que, sin querer, acabarían convirtiendo la indiferencia en un ideal. Como si la vida interior y la entrega a Dios consistieran en llegar a no sentirse atraído por nada que pudiera obstaculizar las propias decisiones futuras.
Plantear la formación de este modo impediría llegar a la persona en su integridad: inteligencia, voluntad y afectos no estarían creciendo juntos, llevándose de la mano, ayudándose mutuamente, sino que alguna de esas facultades estaría aplastando a alguna de las otras. El desarrollo de la vida interior, en cambio, requiere esa integración y, desde luego, no lleva a empequeñecerse, a perder intereses y afectos; no tiene como objetivo que no nos afecten las cosas, que no nos importe lo importante, que no nos duela lo doloroso, que no nos preocupe lo preocupante o que no nos atraiga lo atractivo. Al contrario, conduce a expandir el corazón, a llenarlo de un amor grande, desde el que mira a todos esos sentimientos y consigue, por eso, verlos en un contexto más amplio que da recursos para afrontar aquellos que plantean una dificultad, y ayuda a captar el sentido positivo y trascendente de los que resultan agradables.