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ABRAZAR LA CONDICIÓN DE HIJOS (2 de 4)
El anhelo del padre
Jaime Moya
Su padre no había vuelto a ser el que era. Desde que su hijo menor había abandonado el hogar, seguramente aparecía triste y dolido; quién sabe qué pasaría por su cabeza y su corazón. Es muy probable que se preguntara con frecuencia: «¿Qué habrá sido de él? ¿Dónde se encontrará ahora? ¿Estará bien?». No le preocupaba tanto la afrenta que le había dirigido y que hubiese incumplido uno de los mandamientos de la ley: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20,12). Le provocaría dolor pensar en el daño que se había causado y estaría sufriendo su hijo, las consecuencias que tendrían las acciones del muchacho en su propia vida. Porque este, al fin y al cabo, era el verdadero drama de esa situación: el mal que se estaba haciendo a sí mismo.
Todos los días subía a la terraza con la esperanza de ver a su hijo regresando por el camino. Así transcurrieron los meses hasta que, en una ocasión, vio a lo lejos una persona que se acercaba a su hacienda. Aunque por la distancia parecía imposible reconocer quién era, el padre lo tenía claro: era él. «Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20).
Lo más profundo del corazón del padre estaba anhelando este momento. Por eso es incapaz de contenerse. Cuando el hijo empieza su discurso preparado para obtener su perdón –«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»–, parece que él ni siquiera le escucha. No le interesan las palabras calculadas. Lo único que desea es festejar este momento por todo lo alto: «Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete» (Lc 15,22-23). No quiere que su hijo viva reprendido al recordar sus pecados pasados. De ahí que le ofrezca una acogida cálida, cómoda.
«El padre podría decir: está bien hijo, vuelve a casa, vuelve a trabajar, vete a tu habitación, prepárate y ¡al trabajo! Y este habría sido un buen perdón. ¡Pero no! ¡Dios no sabe perdonar sin hacer fiesta! Y el padre hace fiesta, por la alegría que tiene porque ha vuelto el hijo».
El hijo se siente sobrecogido ante semejante manifestación de amor. A pesar de saberse indigno de ser considerado y tratado como hijo, nunca había dejado de reconocer a su padre como tal. Al empezar su preparado discurso –«no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros»–, no pudo evitar empezar llamando a aquel que tenía delante como quien realmente es: «¡Padre!». En ese momento, se dio cuenta de que, aunque el hambre le había puesto en movimiento, era otro el motivo profundo que le había llevado a volver a casa: su padre siempre es padre, por mucho que él no sea digno de ser llamado hijo.
Ante el abrazo paterno, se empieza a deshacer la máscara de autosuficiencia e independencia que se había puesto al dejar el hogar. Reconoce que la felicidad de estar junto a su padre es mucho más profunda que la que pudo obtener de otros placeres. Y es también más segura, porque ni siquiera sus pecados le han impedido reconquistarla: «Sí, tienes razón: ¡qué hondura, la de tu miseria! Por ti, ¿dónde estarías ahora, hasta dónde habrías llegado?... “Solamente un Amor lleno de misericordia puede seguir amándome”, reconocías. –Consuélate: él no te negará ni su amor ni su misericordia, si le buscas».