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22 febrero 2027

BUSCADORES DE DIOS. Una visión esperanzada del mundo

BUSCADORES DE DIOS (2 de 4)
Una visión esperanzada del mundo
Miguel Forcada

Los escribas y sacerdotes no dudaron en afirmar que el Cristo nacería en Belén, pues así había dicho el profeta Miqueas: «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel» (Mi 5,1). Estos hombres conocían muy bien las escrituras. Sabían con exactitud todas las referencias relacionadas con el Mesías. Probablemente en sus propias vidas habrían meditado con frecuencia sobre su llegada. Algunos, anhelando que fuese cuanto antes; otros, quizá con cierta desilusión, pues esperaban que les hubiese salvado de caer bajo la dominación romana.

Sin embargo, a pesar de tener tan cerca las profecías cumplidas, los sabios de Israel de ese momento no saben reconocerlas. Han tenido que llegar esos extranjeros para hacerles ver que el rey de los judíos ya había nacido. Acostumbrados a ser el objeto de predilección de Dios, depositario de su grandeza, han visto que ha sido un pueblo gentil quien les ha comunicado la Buena Nueva que llevaban aguardando desde hacía siglos. «Caminarán los pueblos a tu luz –había dicho Isaías–, los reyes al esplendor de tu aurora» (Is 60,3). Las profecías se estaban cumpliendo al pie de la letra, pero la ceguera de sus corazones les impidió acoger el anuncio de aquellos forasteros.

Estos magos no pertenecían al pueblo de Israel. Venían de Oriente, es decir, de más allá del Imperio romano. Quizá eran persas, hombres dedicados a la astronomía y a las ciencias. Aparentemente, eran las personas menos indicadas para proclamar la llegada del Mesías. Dios no se había revelado a ellos, como sí había hecho con Israel. Pero los planes del Señor eran mucho más grandes de lo que aquellos escribas podían imaginar. El nuevo pueblo de Dios no estaría circunscrito a una nación, sino que ofrecería la salvación a todas las gentes. Ya no habría ninguna barrera que separe a los hombres. «A los hijos del extranjero que se adhieran al Señor para servirlo –había profetizado Isaías– (...), les haré entrar en mi monte santo, les daré alegría en mi casa de oración» (Is 56,6-7).

Tener una visión esperanzada del mundo lleva a descubrir lo bueno que tiene toda sociedad; a mirar con optimismo los valores de una cultura. «Todas las cosas son vuestras –dirá san Pablo–, vosotros de Cristo y Cristo de Dios» (1Co 3,22-23). Ante esta realidad «nos alegramos con las alegrías de los demás, disfrutamos de todas las cosas buenas que nos rodean y nos sentimos interpelados por los desafíos de nuestro tiempo». Y precisamente el fundamento de esa visión esperanzada es el Dios al que buscan los magos; «pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto».