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EN EL COBIJO DE JESÚS (2 de 3)
Un ataque de nervios
Eduardo Baura
Los evangelios nos cuentan que aquel lugar tuvo el privilegio de ver uno de los mayores milagros de Nuestro Señor: la resurrección de su amigo Lázaro después de cuatro días de su defunción. Es también donde Jesús nuevamente fue recibido cuando se hospedó en casa de Simón el leproso, seis días antes de su pasión. Pero, sobre todo, muy cerca de Betania es donde Jesucristo ascendió a los cielos.
San Lucas nos habla de cómo transcurrió una de esas estancias del Señor en Betania, con la normalidad que caracteriza un encuentro entre amigos (cfr. Lc 10,38-41). Jesús se dirigía a Jerusalén, pero cuando faltaban solo tres kilómetros decidió hacer un alto en el camino: «Entró en cierta aldea, y una mujer que se llamaba Marta le recibió en su casa» (Lc 10,38).
Es fácil imaginarse la emoción que debió de invadir a Marta cuando Jesús aceptó su invitación. Pero a esa alegría le acompañaría también cierto nerviosismo. Como buena dueña del hogar, quería que la estancia del Maestro fuese lo más agradable posible, así que rápidamente se puso con los preparativos. Mientras, los invitados iban entrando. Jesús y sus acompañantes saludaron a María y a Lázaro y rápidamente se acomodaron. Llevaban unos cuantos kilómetros a sus espaldas y no veían el momento de tomar un respiro antes de llegar al ajetreo de Jerusalén. Sin duda Betania era el lugar más indicado.
Pronto Jesús comienza a hablar. Desconocemos el tema de la conversación, pero sí sabemos que María está sentada a sus pies, escuchando sus palabras (cfr. Lc 10,39). Se queda embelesada oyendo su voz amable. Entretanto, Marta sigue ocupada en el afán de agasajar al Señor como se merece. Siguiendo las costumbres, quiere dar a Jesús lo mejor: agua para los pies, aceite para ungir su cabeza... Se esmera para que lleguen los distintos platos, para que todo esté en orden, a la temperatura justa, para que no falte nada. Es el modo que tiene de expresar su amor al Señor. Pero el tiempo que tiene no le basta. Ve que no consigue llegar a todo, que las vasijas se acumulan y que quedan muchas cosas por preparar. Corre de un lugar a otro, pero experimenta la impotencia de no llegar a todo lo que ve que es necesario. Su estado de ánimo se angustia cada vez más. Mientras sigue realizando los servicios, continúa razonando para sus adentros. Se agobia y, en un fácil cálculo, llega a la conclusión de que, si su hermana la ayudase, todo cambiaría. Marta tiene en su mente lo que queda por hacer; María, en cambio, está ajena a esa labor. A la preocupación, Marta añade la indignación de ver la pasividad de su hermana. Cada vez ve más claro que la solución de sus problemas está en la ayuda de María.
Llega un momento en que Marta no puede más e irrumpe en medio de la conversación, dirigiéndose directamente al Maestro: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en las tareas de servir? Dile entonces que me ayude» (Lc 10,40). Marta es una mujer de carácter decidido y noble. Manifiesta claramente sus sentimientos, sin rodeos. En otra ocasión no tendrá ningún reparo en reprochar al Señor su ausencia: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Jn 11,21). Y ahora no le importa interrumpir y expresar a Jesús su enojo delante de todos.
Marta podría haber disimulado su apuro, su desasosiego; podría haberse acercado discretamente a su hermana, procurando que nadie lo notase, y requerir su ayuda. En cambio, ha optado por dirigirse al Maestro y se siente «incluso con el derecho de criticar a Jesús». En cualquier caso, su petición parece de lo más razonable. Cualquiera de nosotros la habría hecho. Quizá a los circunstantes les pudo parecer una intromisión inoportuna, un reclamo hacia cosas de menor importancia cuando se estaban tratando cuestiones mucho más elevadas. Pero a todos les parecería muy justa la reivindicación de Marta y posiblemente más de uno se preguntara qué hacía María ahí quieta sin ayudar a su hermana.